3 abr. 2008

A propósito de «El Atravesado», de Andrés Caicedo


Hace un par de meses me tropecé con esta crónica de Rodrigo Blanco Calderón, sobre su viaje a Bogota a propósito de un evento literario. En ella, Rodrigo hace alusión a Andrés Caicedo como un escritor mítico, podría decirse, entre la juventud colombiana. Lo extraño y místico que rodea el comentario sobre Caicedo me hizo indagar. El último día del año pasado, en Barquisimeto, conseguí lo impensado: Un ejemplar, nuevecito, de «El Atravesado», editado por Norma. Obviamente, según lo que había conseguido ya en internet y que, debo decir, no había hecho sino despertarme aún más la curiosidad, compré el libro.

La cosa con el mentado libro, con el mentado escritor, quien se suicidó en 1977, es..., cómo decirlo. Sí, el man, para decirlo a «su» modo, tiene la capacidad de llevarlo a uno de la mano en una suerte de viaje desgajado desde lo más brutal de la vida caleña de aquellos años setenta, a lo más tierno y poético de los actos cotidianos. La fuerza de su lirismo, coloquial y a la vez depuradísimo, es, para no decir lo menos, brutal, aplastante.


El relato, que no sé bien si novela corta o cuento largo, narra parte de la vida de un muchacho caleño, los «totes» que se da a diestra y siniestra sólo porque sí, un grupo, una banda, más bien, y sus aventuras, las idas al cine, el baile, su primer amor, y su soledad toda. Una soledad aplastante, muy de estos tiempos, muy de aquéllos, también. El libro, además, tiene otro relato, más corto, «Maternidad», muy al estilo norteamericano, muy de contar y contar y de pronto, juas!, sanseacabó, como diría Davy. Excelente también, para qué negarlo. Tanta desidia, tanto vivir por vivir, tanto «¿Lo aburro, mano? Entonces no bostece. Así uno no le habla a una cara sino a un hueco». Y tanta frase genial entre la mierda de la cotidianidad. Tanto «Ese saber que existía, y que estaba ahí a mi lado» y que, carajo, lo deja a uno así, como harto de tanta basura y al mismo tiempo, enamorado de esa basura. Estos personajes se saben pasajeros, se saben chiquiticos ante el mundo, y eso no les importa, son unos descarados malgastadores de la vida. Son tan normales, tan todoelmundo. Por eso debe ser que Caicedo cierra «El Atravesado» diciendo «Que no hay caso, mi conciencia es la tranquilidad en pasta, por eso soy yo el que siempre tira la primera piedra». Y a veces esta gente que vive por vivir aspira la glora... y por eso se embaraza, en ello reside su trascendencia. Como en «Maternidad» cuando el personaje narrador, viéndo a una joven que gusta de él, viéndola bien, se dice «Le haré un hijo a esta mujer». Y ya, se desmorona, se deshace en esa irrelevancia, en ese gran poder de la postmodernidad.

Por último, un regalo:
Mi mamá me regañó porque había llegado tarde, pero yo le pedí perdón. Entonces me bañó el ojo izquierdo con el trapito de agua caliente, y yo me le acerqué mucho y le di un montón de besos en la cara y le acaricié el pelo, le dije que olía rico, ella alzó los ojos y yo en aquellos tiempos me perdía en sus ojos, no era sino mirarlosy me iba en barco, viento a favor, alguna canción de por allá anunciando mis hazañas, mi mamá que me aprieta la mano y cierra los ojos para que yo no me vaya tanto, mete la nariz en mi oreja derecha, en mi oreja izquierda, y luego me dice cosas, la canción esa que yo escucho añorando sus ojos, el sol poniente.
-(360º) Néstor Bérmudez

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