3 abr. 2008

Brillo póstumo



Para el alma rusa el sufrimiento es una necesidad. Estar vivo implica la consecución de un destino y llevarlo a cabo exige compromiso y esfuerzo, exige dolor. Actuar según las propias convicciones es mucho más difícil que comportarse según lo estipula la sociedad, se requiere confianza en sí mismo y ser responsable de las decisiones que se toman. Esto conlleva a enfrentar con entereza cualquier condición por dolorosa que sea. La vida se reconoce como una serie de elecciones que se perfilan de acuerdo al sentir y el sentido con los que un individuo asume su existencia. Lo que justifica el sufrimiento propio de cualquier experiencia es una felicidad mucho más completa y satisfactoria que la de actuar buscando comodidad y descanso, rechazando las reflexiones y los esfuerzos sustanciales de toda existencia humana. En Nostalgia, la sexta película de Andrei Tarkovski, existe una marcada diferencia entre las actitudes de Eugenia y Andrei Gortchakov, dos de los personajes principales. Él siempre está pensativo y triste, recordando a su familia, su casa en Rusia. Mientras ella está notablemente interesada en él, e intenta acercarse bajo cualquier pretexto. Es patente que la chica está inmersa en una búsqueda, su conflicto es que no sabe qué desea ni cómo conseguirlo. La historia se desarrolla en Italia. Andrei Gortchakov es un poeta ruso que escribe la biografía de Sosnovski, un músico coterráneo del Siglo XVIII que estudió en Bologna. Eugenia trabaja para él como traductora. Ella lee una versión italiana de los poemas de Arseni Tarkovski. Como Gortchakov piensa que la poesía es intraducible, la incita a botar el libro. A esto la muchacha argumenta la importancia de las traducciones, sin ellas mucha gente se quedaría sin leer a Pushkin o Tolstoi y, en consecuencia, no podría entender a Rusia.



Según Gortchakov, ellos, los italianos, no comprenden nada de Rusia. Claro, ante este razonamiento Eugenia utiliza una lógica similar, siendo así, ellos, los rusos, tampoco comprenden nada de Italia. Es allí cuando Andrei le responde: “¡Nada! Es imposible para nosotros... ¡pobres diablos!” Con estas palabras el poeta alude a las emociones contradictorias y difíciles de sobrellevar que genera en el ser ruso la firmeza de sus valores y tradiciones, de allí su pena. Virginia Woolf expresa la misma idea en su ensayo “El punto de vista ruso”, afirma que el alma humana es la protagonista de las novelas rusas del Siglo XIX. Y ¿qué narran esas historias? El sufrimiento de unos personajes devorados por su destino. Por eso, como afirma la escritora inglesa, las palabras utilizadas en las traducciones nos parecen “duras, crueles, desagradables [… y] difíciles”, revelan el dolor de estos seres como consecuencia directa de esa postura ante la vida, revelan la profunda intensidad espiritual que los acoge. Allí no se expone la desnudez del cuerpo sino del alma.

Virginia Woolf y Andrei Gortchakov hablan del ser ruso. En Nostalgia podemos advertir un pensamiento que Tarkovski introduce de manera sutil: si la esencia del ser ruso radica en un doloroso andar camino hacia su destino, el ser italiano vive imbuido en sus pasiones, que lo arrastran con una ferocidad de la que no toma conciencia.

Al comienzo de Nostalgia la pareja llega hasta una iglesia lejana para ver a La Madonna del Parto, un cuadro de Piero della Francesca. La única que decide entrar es Eugenia. Cuando el sacristán la observa la tipifica enseguida como una mujer sin fe que busca la felicidad, y le dice: “hay cosas más importantes”. En contraposición, Andrei no busca la felicidad, está preso en la añoranza por su tierra. Un sentimiento que lo lleva a rechazar los hermosos paisajes del país donde se encuentra.


Una persona triste carga constantemente con el motivo de su tristeza. Un encierro personal que conduce a buscar en el exterior las imágenes del interior. Hay dos escenas que ejemplifican este comportamiento. La primera se da justo cuando Andrei está parado fuera de la iglesia. Se queda absorto contemplando una construcción parecida a una dacha rusa. La segunda escena acontece en la casa de Doménico, el “loco” de Bagno Vignoni. Andrei entra y se queda abstraído mirando el piso encharcado y terroso, sobre el cual sobreviene un zoom que transforma la imagen en colinas con arroyos y senderos, un paisaje muy parecido al de sus recuerdos, con el que sueña. Se abstrae cuando se tropieza con las imágenes que lleva dentro. Extraña lo que ya no tiene cerca y se pierde en la evocación.

La luz y el brillo de Italia tienen que irritar a un alma como la de Gortchakov, encarcelada en una tierra de abedules, neblina y frío. De allí la falta de presencia, la poca interrelación con sus semejantes, la reserva, el alejamiento, la reclusión. El chaparrón que cae cuando entra en su habitación, luego de registrarse en el hotel, es la tormenta que lleva dentro de sí. ¿Y qué hace? Apaga las luces, cierra las puertas, deja abierta la única ventana. Se queda a oscuras con el triste sonido de la lluvia, con sus recuerdos, sus añoranzas. El gesto de entrar en la habitación y soltar sus cosas de mala gana en una esquina, con desdén, indica que está de paso. El problema es cuánto tiempo lleva de paso y por qué. Andrei Gortchakov desea volver a su casa, lo que pasa es que todavía no entiende cuán grave es la enfermedad que lo aqueja, cuán necesario es regresar.


Gortchakov se acuesta sin cambiarse de ropa, tal como cae sobre la cama así se duerme, inmóvil. En ese instante que se debate entre el sueño y la vigilia sale un perro a echarse al pie del lecho con toda familiaridad. Para Pablo Capanna este animal representa en la obra de Tarkovski la fidelidad. Dentro de la tradición popular el perro se caracteriza por ser fiel, es un valor que lo tipifica. Pero en este caso, en esa imagen, pregunto: ¿fidelidad a qué? Andrei recibe al pastor alemán con calidez, estira el brazo en un gesto de cariño y lo acaricia, como si estuviera recibiendo las imágenes que vienen a continuación. Entonces se asoma el rostro de su esposa, una cara que vemos varias veces a lo largo de la película, igual que su casa, sus hijos, las abuelitas rusas y el mismo perro que viaja para vigilar el sueño de Andrei. El animal pareciera funcionar como un elemento de conexión entre el pasado y el presente, el sueño y la vigilia. La fidelidad que evoca no es únicamente la que manifiesta un perro por su amo, sino la fidelidad de Andrei a su alma. Apenas ella se ve libre, lejos del alcance de la razón y la lógica, se vuelve hacia el pasado. Y yendo incluso más lejos, haciendo gala de sus múltiples capacidades, le presenta al durmiente una Eugenia distinta. A través de ese sueño el alma de Andrei manifiesta un contenido latente en su interior. Es decir, le expresa algo que seguramente él aún no ha concientizado. Le muestra una Eugenia infeliz, que llora. La ve siendo consolada por su esposa, quien la abraza. Allí Andrei rechaza a Eugenia por vez primera, con un gesto de dolor e impotencia clásico, apretando entre su puño la sábana de la cama. Acostado boca arriba, ladea la cabeza evitando los larguísimos cabellos y la mirada fija de ella, que lo contempla sentada al borde de la cama con el rostro frente a él.

“Se ama lo que se puede perder, la patria, la mujer…”. Esto lo dice Tarkovski en su libro Esculpir en el tiempo, y con esa frase señala el vínculo entre la nostalgia y el amor. La primera permite comprender el valor del segundo. El director ruso insiste en recalcar que sin sufrir la pérdida de lo amado es imposible entender su valor. Sin su ausencia no se puede asumir la vitalidad de su presencia en medio de la cotidianidad.

En Nostalgia se traza una línea divisoria entre Eugenia y Andrei. Su comunicación está rota porque sus diferencias son muy profundas. Esto es visible durante toda la película. Es algo que se revela incluso desde sus posturas, siempre está uno dando la espalda al otro. Y además, los contrapone otro signo, su vestimenta y modo de caminar. Andrei va ligero, con las manos en los bolsillos la mayor parte del tiempo, fumando. Mientras Eugenia tiene un andar pesado, entre su copiosa vestimenta y su bolso. Siempre está tropezando y cayendo, sus gestos son algo torpes.


Estas descripciones nos acercan a la situación que padece Andrei Gortchakov, quien mantiene su alma en Rusia estando en Italia. La carta que escribe Sosnovski a un amigo suyo, y que consigue Andrei en el conservatorio de Bologna, proporciona una imagen clara sobre la condición del poeta en Italia.


Muy querido Piotr Nikoláyevich, he estado en Italia durante dos años muy importantes en todos los sentidos, para mi profesión y para mi vida cotidiana. Anoche tuve un sueño muy angustioso. Tenía que montar una opera en el teatro de mi Señor Conde. El primer acto era en un parque lleno de estatuas. Pero eran hombres desnudos, pintados de blanco que tenían que permanecer inmóviles; yo también representaba el papel de una de esas estatuas. Yo sabía que me castigarían si me movía, porque nuestro propietario y amo y señor nos observaba personalmente. Sentía el frío que me subía por el pie apoyado en el pedestal de mármol y las hojas otoñales que caían y rozaban mi brazo levantado, sin embargo, no me movía. Cuando sentí que ya no podía más me desperté. Tenía mucho miedo porque sabía que no había sido un sueño sino realidad, y yo moriría si no regreso a Rusia, si nunca más pudiera ver la cosa que más quiero en la vida, el país en que nací, los abedules, el aire de mi infancia. Un saludo afectuoso de tu amigo abandonado, Pavel Sosnovski.

Sosnovski finaliza diciendo que debe regresar a Rusia. Es decir, ese estado de parálisis del que habla lo vive en Italia. Se siente inmóvil y aterrado por el poder que ejerce sobre él su “propietario y amo y señor”. Cualquiera podría pensar que se refiere al estado de servidumbre que vivía en Rusia, el mismo por el que escapa a Italia, y que esas imágenes no son más que una pesadilla. Sin embargo, las últimas frases nos conducen a pensar que esa figura que controla e inmoviliza a Sosnosvki cual estatua es su propia alma. Es en ese país extraño donde su alma se haya ausente. Ella lo mantiene encadenado a su país de origen. Andrei Gortchakov pasa por la misma situación, también se encuentra en exilio. Ambos artistas se encuentran estáticos, sin capacidad de echar raíces en esa nueva tierra, de ambientarse a ese clima, a su cultura y su gente. Así, el poeta pareciera estar siempre absorto, no estar presente, de allí su caminar lento y ligero. Al punto que Eugenia le espeta en un arrebato de ira: “yo no tengo nada que olvidar porque tú no existes”. La imagen descrita en el sueño del músico tiene una doble lectura, pues ése será su destino al regresar a su país natal. Volverá a ser esclavo, al servicio de otro “propietario y amo y señor”, y así terminará bebiendo de más hasta suicidarse.


En una entrevista que Irena Brezna le hace Tarkovski éste declara: “Desde el punto de vista ruso Nostalgia es una enfermedad, una enfermedad mortal”. Con estas palabras el cineasta intenta expresar el arraigo del alma rusa a su tierra. Cuando hablamos de “tierra” en la obra de Tarkovski la carga semántica es amplia y de un peso enorme para la vida del hombre. La nostalgia es ese sentimiento de apego por la tierra, por el pasado del hombre, las raíces de su vida: el calor y la seguridad del amor materno; las primeras vivencias que penetran en el alma sellándola de forma única; el ambiente donde todo acontece, las sensaciones externas que enmarcan lo vivido, el clima característico; la cultura de crianza: prácticas, mitos, ritos, religión, valores familiares y sociales; las enseñanzas del padre, siempre tan determinantes. Todos estos elementos son vistos desde un punto en el que es obligatorio volver el rostro para contemplarlos. Están en el pasado tal como lo recordamos y lo percibimos hoy, después de varios años, con la carga de otras experiencias, incluido el instante presente que nos remite a ellos. Es la coyuntura de presente y pasado.

Pablo Capanna observa en la obra de Tarkovski su interés por el rescate de las imágenes del pasado. En esa retrospección la culpa se hace presente. Ella aparece en Solaris, Nostalgia y Espejo. El psicólogo y astronauta Kris Kelvin siente culpa por el suicidio de su esposa hace diez años. Tanto así que el océano pensante de Solaris (planeta que explora) la reproduce como visitante. En la otra película tenemos a Andrei Gortchakov, que piensa insistentemente en su familia, a quienes ha dejado en Rusia. Ellos lo llaman en sus sueños y recuerdos. En una escena, ebrio en los baños de Santa Caterina, dice que debe visitar a su padre, al que no ve desde hace mucho, y declara: “nunca veo a nadie”. El poeta vive reprochándose esa huida, ese abandono. Mientras en Espejo, la culpa se exterioriza en las reiteradas veces en que el protagonista se pregunta por las razones que propiciaron la ruptura con su madre y su esposa. ¿Por qué esa insistencia en recordar el pasado? Quizá lo que Tarkovski pretende señalar es la importancia de esos momentos en la Historia y en la vida del personaje. Esos momentos son fundamentales para su conformación como individuo y para la comprensión por parte del público. Son tomas cargadas de sentimientos y emociones intensos que definen su evolución como persona. Más allá de los datos que aporta la obra y del análisis que hará el espectador para entender al personaje, Tarkovski busca que éste sea abordado y explorado como un ser humano en toda su complejidad existencial. La culpa pone en evidencia las decisiones que se tomaron y la vergüenza ante los errores cometidos en el pasado, señala una toma de conciencia. Una transformación que es vivida junto al público a través de la obra cinematográfica.

El ser ruso no evita mirar la vida de frente, afronta cualquier pena, injusticia, fatalidad, porque cree en el destino, tiene fe en él. Es una forma de vida. En Journal 1970-1986 Andrei Tarkovski compara a Pushkin con Dostoyevski. El primero es más grande que el segundo porque tenía fe en su país, mientras el otro estaba atrapado en el conflicto entre su figura como autor y su deseo personal. Pushkin creía que Rusia debía cumplir con una misión, con un destino: proteger y asegurar el bienestar de Europa. En cambio Dostoyevski se esforzaba en ver su sueño: un país grande, mesiánico, con un porvenir glorioso. No tenía confianza en lo que estaba reservado para su patria. No tenía fe, pero no hacía otra cosa más que hablar de ella. Según Tarkovski, “no tenía el órgano que permite creer”.


La vela encendida funciona como símbolo de fe en Nostalgia. Tal como indica el autor de esta película, un símbolo no tiene un significado aislado, siempre está sujeto al conjunto, sólo adquiere relevancia dentro de la imagen donde ha sido insertado. El acto de cruzar la piscina de Santa Caterina con una vela encendida en el que insiste tercamente Doménico adquiere sentido desde la primera escena en la que él aparece. Dentro de la alberca se encuentran unos bañistas que conversan sobre temas relacionados con la edad y la muerte. Sus opiniones dejan traslucir conceptos muy pobres. Sus ideas son banales, insustanciales: el cuidado de la piel, el temor irracional a la muerte. Advertimos que Doménico no está de acuerdo con sus consideraciones, le dice a su perro: “¿oíste lo que decían… qué es lo que les interesa? Todo debería ser diferente”, y luego: “¿Sabes por qué están en el agua? Quieren vivir eternamente”. Los bañistas buscan la vida eterna en las aguas termales, y lo que Doménico pregona es la búsqueda de la fe. Éste le repite a Gortchakov lo mismo que el sacristán a Eugenia: “hay que hacer cosas importantes”, y es allí cuando le pide que cruce la piscina con la vela encendida. El mensaje del loco de Bagno Vignoni es que debemos tener fe en la vida. Lo importante no es frenar la proximidad de la muerte, sino porqué vives, porqué mueres.

Los símbolos que encontramos en esa imagen no se contraponen a la lectura hecha en el párrafo anterior. Según Cirlot, la vela encendida simboliza una vida en particular. El agua evaporándose en la alberca actúa como símbolo de la evolución, donde interviene el fuego (espíritu) como elemento que sublima la vida (el agua). De este modo, la vela consumiéndose representa la vida espiritual del hombre. Recordemos que en la última escena de la película cada vez que se apaga la vela Gortchakov comienza de nuevo el recorrido dentro de la piscina. La fe no debe perderse a medida que avanza el tiempo. Desde el principio hasta el fin de la vida hay que cuidar de la evolución espiritual, manteniendo vivo el fuego de la fe. La película ofrece todo lo necesario para entenderla, pero es requisito obligatorio involucrarse emocionalmente con las imágenes.

Por supuesto, cruzar la piscina es una imagen que atañe de modo directo a Gortchakov, a su vida en particular. Es una alusión a todas las veces que su fe se debilitó y él prosiguió sin ocuparse de ella, soslayando cuán necesaria es en la vida del hombre. Una actitud muy distinta es su gesto de cubrir la vela con sumo cuidado, protegiéndola, como hace al final de la película. Esa intención señala un cambio. Es en sus últimos días de vida cuando Andrei Gortchakov entiende que la vida sin fe no tiene sentido. Es como avanzar en el vacío, estar ciego, despojarse de la única respuesta satisfactoria ante las preguntas que interrogan al dolor.

El recorrido que Gortchakov emprende una y otra vez de un extremo a otro en la piscina de Santa Caterina es un ritual. Para Doménico tiene la fuerza que acompaña al rito, está cargado de sentido porque simboliza la vida del ser humano. La luz de la vela debe iluminar el camino del hombre hasta su muerte. Cuando esa luz se apaga, la energía que guía el alma del individuo en dirección correcta se disipa, de allí que sea necesario retomar el camino, devolverse al momento en que se ha perdido la fe.

Andrei Gortchakov cuenta con unos cuarenta años de edad. Carga en los bolsillos los restos de sus creencias resquebrajadas. Llega a Italia con la fe estropeada y un corazón enfermo. No entra en la iglesia ni siquiera por ver a La Madonna del Parto, que tanto se parece a su esposa, a la que lleva tiempo sin ver. La vida le pesa, está decepcionado de ella. Es algo que se advierte durante toda la película, sobre todo en el clima que lo persigue en la bella Italia. Lluvia, oscuridad y neblina obran como reflejo de su alma.

Antes de finalizar aquella escena en los baños de Santa Caterina donde Andrei entra tomando vodka, se oye un poema en off que tiene como motivo la muerte. Allí la vida se concibe como el valor más excelso. Su sentido es el cumplimiento del destino y pervivir en el tiempo tomando en éste el lugar correspondiente. La muerte no es más que una fase necesaria para alcanzar un objetivo más importante. Tal como ocurre en las sociedades arcaicas, la muerte da paso a otro estado del ser. En cambio para el hombre moderno después de la muerte no hay nada. La muerte es el final de la vida tal como éste la conoce, por lo tanto, el final de todo lo existente. Es una entrada a lo desconocido que, por quedar fuera de la compresión humana, se niega y se anula.

La vida se oscurece, mi fuerza
son dos dardos de diamante
escuchando movimientos
ya que en la casa de mi padre
respira la tempestad distante

En la proximidad de la muerte se recuerda la figura paterna, tal como hace Gortchakov al empezar la escena en que se insertan estos versos, llevando en una mano la botella de vodka y los poemas de Arseni Tarkovski en la otra. La tempestad se acerca y toda la fuerza se concentra en pensar en ella y en el dolor que infundirá a los seres amados, aquellos que se encuentran en la casa de su padre.

se confunde lo dicho por el tono lejano


Este verso habla de la distancia, que puede ser tanto de trato como geográfica, seguramente ambas si nos apegamos al contexto que brinda la película. Es una alusión al pasado, a la relación de Gortchakov con sus seres queridos, con la familia. Esas relaciones que con el tiempo se cargan de tensiones. Sólo en instantes decisivos, como la cercanía de la muerte, se piensa en esos afectos, y ya ni se recuerdan los motivos que los llenaron de conflictos y amarguras. Es entonces cuando todos los problemas del pasado pierden importancia, porque lo único importante es el cariño que aún se siente, que ata.


los tejidos de los duros músculos
se debilitan como grises bueyes
en el arado cuando la noche cae
ya no fulguran tras de mí dos alas,
como una vela, me consumí durante la fiesta


El cuerpo va perdiendo dureza, la debilidad lo hace desistir. Cada vez es más difícil hacer las cosas más sencillas. Se complica el vivir en sus más simples facetas. Se envejece. El cuarto verso de este extracto apunta quizá a la ausencia de la gracia divina. Por eso el último verso propone la extinción de una llama, el fin de la vida. Sin embargo, anochece mientras se trabaja la tierra, en el arado, y es allí cuando desaparecen las alas. La presencia divina se ha ausentado porque ahora la noche todo lo abarca, la luz ya no existe. Es un símbolo. La fe se extinguió mientras se consumía la vela. La capacidad de creer fue decayendo a medida que pasaba el tiempo y la vida avanzaba. Sin fe la existencia se vuelve caos, sin sentido. De ese modo, vivir se hace mucho más complicado para el ser humano. El pasado fue alegre, una fiesta, hasta que se aproxima la vejez y se entiende: viene la noche y no hay llama que inflame el corazón de los hombres, que impulse el deseo, las ganas de vivir. Así volvemos al primer verso del extracto, todo es vano. Cada vez es más difícil hacer las cosas más sencillas: comer, dormir, tomar un baño. Se complica el vivir en sus más simples facetas.

La noche sorprende en el arado y en la oscuridad no se puede trabajar la tierra. Se extravía el camino espiritual porque se pierde relación con la Tierra Madre, con el origen. Se trata del suelo que ata, el espacio donde se nace, el que alimenta, el que sostiene; aquel de donde todo emerge y a donde todo va. En la imagen que narra el poema se cruzan la vida espiritual y la vida terrenal del hombre, para señalar que ambas deben cultivarse a la par, pues una depende de la otra.

De nuevo, es necesario evaluar el valor que el hombre primitivo daba a la tierra. Una leyenda arcaica acerca del origen de los hombres cuenta que nacieron como se forman los árboles, emergieron de la tierra. Desde esa perspectiva, la tierra vendría a ser la madre de los seres humanos, la Terra Mater. Se expone ese sentido de pertenencia: de pertenecer a un lugar y de sentirlo tuyo a la vez. Tarkovski advierte que esa relación con la tierra es fundamental para la vida espiritual, tiene que ver con el pasado, con la memoria. Desde el punto de vista ruso esa larga raíz que enhebra la vida del humano y lo conforma es la esencia de su vida espiritual, son todas las experiencias que determinaron su ser. Dejar de cultivar esa raíz, dejar de recordar –y debemos tener en cuenta que la distancia y el tiempo todo lo destruyen, hacen que los recuerdos pierdan poco a poco su nitidez y que los sentidos pierdan la capacidad de refrescar las sensaciones–, dejar de sentir aquello que amamos, que nos pertenece, a lo que pertenecemos, es morir. Mantener vivo el espíritu es tan esencial como respirar, comer, dormir.

reúno al amanecer mi cera derretida
y leo en ella a quién lamentar de qué estar orgullosos
o cómo morir ligeramente por entregar una parte
de alegría y bajo el albergue
de un techo pasajero, brillar póstumamente
como una palabra…


El tiempo de vida se ha terminado, y en vísperas de la muerte se revisan las acciones cometidas, cómo se ha actuado hasta ahora. La cera derretida, el consumo de la llama, es la vida tal y como la hemos llevado. En ese examen de conciencia hay lamentos y orgullos, así como sacrificios, “morir ligeramente por entregar una parte de alegría”. Son los versos finales los que definen la vida como el don y la oportunidad más valiosa. Ella se define como “estar de pasada”, es cumplir un cometido y partir. La muerte tiene sentido si la vida es apreciada en su justa medida. El dolor, el sacrificio, la muerte son sólo pasos en la vida. El llamado a la existencia se ha hecho con un fin, si ese objetivo se cumple, la huella de la existencia no desaparecerá, quedará grabada en el tiempo. Así se contribuye al plan que abarca a toda la creación, no sólo a una vida individual. “Brillar póstumamente”, estar presente aún después de muerto. Un ser que cumplió con lo que estaba designado para él. Un aporte a la vida en su más alto concepto, la vida de todo lo existente y su consumación. Porque cada una de nuestras acciones repercute en todo lo que se desarrolla a nuestro alrededor, en todo lo que existe. De actuar en consonancia con lo que se ha previsto para cada uno, nuestro paso por el mundo no se olvidará. Y así, “Como una palabra”, perduraremos en el tiempo, nos quedaremos para siempre en ese fluir temporal que compone la Historia. Se compara esa huella en el tiempo con la contundencia de las palabras, que nombran las cosas y las definen, que dan forma a lo informe, que otorgan sentido. Con sus acciones un individuo hace aportes significativos en la creación de la Historia. Se habla de cómo lo finito influye sobre lo infinito, la muerte sobre la inmortalidad.

La vida es un techo pasajero. Esa es la metáfora que se construye en el poema: cómo el dolor diario tiene un porqué y cómo la muerte tiene una justificación si se cumple con el destino que corresponde. La imagen final del texto es la promesa de un brillo póstumo, la oportunidad de existir más allá de la muerte y pervivir en el tiempo gracias al compromiso que hace el individuo. Éste debe enfocarse en descubrir y concretar su proyecto de vida. Ese esfuerzo y consistencia engendrará un ser inmortal, como una palabra, una promesa. Al actuar en función de un propósito definido se hace un aporte único a esa determinación divina que da continuidad al mundo y la raza humana. Sólo así cada quien tendrá su lugar en el tiempo, como toda palabra tiene el suyo en cuerpo de la lengua. Ese cuerpo que utiliza el ser humano para nombrar la realidad y registrarla para el futuro, ese cuerpo que perdura en el tiempo.

Ni Andrei Gortchakov en Nostalgia ni Alexander en Sacrificio pueden resistirse al amparo que brinda la fe. Al comienzo de ambas películas los dos protagonistas se muestran escépticos e insatisfechos. Andrei extraña su vida en Rusia. Va a Italia con el corazón enfermo en busca de respuestas para entender la vida que ha tenido hasta ahora –es evidente la semejanza entre él y Sosnovski, el músico ruso del Siglo XVIII sobre el que escribe. Cuando busca comprender a este compositor se investiga a sí mismo–. Alexander ansía volver a creer. Extraña la capacidad que tiene un sentimiento religioso de cambiar el mundo. Desea un mundo más cálido y menos desolador. Los dos escritores se encuentran en situaciones muy parecidas, al borde de la muerte entienden que ella en sí misma no es importante. A ambos protagonistas les tocará entender que el dolor que hay en el mundo sirve a un propósito divino. Hacia el final de sus vidas entenderán que sus sufrimientos tienen una finalidad. Andrei y Alexander oirán la marcha que escuchan Doménico y Otto respectivamente; la marcha del otro, del loco, el desadaptado, el enfermo, el raro, el excluido.

“No se sabe que cosa es la locura… son pesados, incómodos… Nosotros… nosotros nos negamos a entenderlos. Ellos están muy solos. Pero seguramente están más cerca de la verdad”. Esto lo dice Andrei Gortchakov al conocer a Doménico, incluso él lo considera un loco y no le presta mucha atención. Cuando este poeta lo busca en su casa, en la plaza al lado de la iglesia, no entiende su discurso, porque es incoherente y habla de cosas que él no entiende. Al marcharse de allí no ha cambiado su opinión, no tiene pensado cumplir con lo que le promete: cruzar la piscina de Santa Caterina con una vela encendida.





En Nostalgia es clave la escena en que Andrei se encuentra en una calle desierta y sucia, cubierta de papeles, se levanta del suelo y escucha la voz de Doménico. Ése es el momento en que Andrei toma conciencia de su parecido con él, es allí cuando lo comprende, comprende su vida y su padecimiento. Luego se ve a sí mismo en un espejo como Doménico. Igual que él, está confinado en una soledad abrumadora, lejos de su familia, incomprendido. La culpa los reúne, los errores del pasado. En el caso de Andrei no es tan explícita, sin embargo, para el espectador es constante en los detalles que envuelven al personaje. El traer a su vida presente el recuerdo de sus seres amados, su tristeza, la forma en que habla de ellos, es obvio que algo pasó. Dentro de él hay un conflicto que se expresa en sus modos y gestos, en su discurso y sus evocaciones. Por otro lado está la pregunta que le hace a la niña que se encuentra en la alberca de Santa Caterina cuando está borracho: “¿estás satisfecha de la vida?” Es una pregunta que él mismo se hace. Por eso es allí que decide regresar a Rusia, su vida está allá, junto a su familia. Sólo en la lejanía Andrei es capaz de valorar a los que ama.




La actitud de Eugenia es mucho más distante, es incapaz de sostener un diálogo con Doménico. Es fría y lo trata como a un tonto, un loco. Intenta manipularlo, pero ante este trato él reacciona con dejadez y antipatía. Para ella es imposible establecer contacto con él. Teniendo presente sus preguntas al sacristán sobre la fe, su deseo de ser feliz y hallar al hombre adecuado, podríamos equiparar su retrato con el que elabora Tarkovski de Dostoyevski, ninguno de los dos tiene el órgano que permite creer. Ella está seca espiritualmente, atrapada en sus deseos, ciega. Describe perfectamente la ausencia de Andrei, pero no la comprende. Sabe que su presencia es una tentación para él como para cualquier hombre, pero no entiende por qué la rechaza. Al final de la historia vemos que Andrei Gortcharkov, así como Alexander, cae de rodillas ante Dios y simplemente acepta creer en él. Ambos alcanzan ese estado de alma necesario que lleva hacia la fe. Mientras Eugenia queda encerrada en su deseo de encontrar al hombre ideal. Se va de viaje con un hombre de posición acomodada, una unión donde a leguas se ve que no hay amor. Los protagonistas de Nostalgia y Sacrificio son capaces de hacer lo que ella no al comienzo de la película, en la iglesia: arrodillarse ante una imagen divina, creer.

-(Colaboradora) Nenúfar Colmenares

2 comentarios:

Pablos dijo...

Es un ensayo hermoso... en verdad da gusto leerlo y darse a las palabras y a la evocación de las imágenes sugeridas... ojala hicieras ensayos asi de cada una de las peliculas de Tarkovski... con gusto leería cada uno de esos ensayos... suerte, y gracias...

de vida o muerte dijo...

Cuando las cosas son de quien las ve y de quien las siente... Merecido tu premio en verdad no era para menos... desde este momento sigo esperando con devoción nuevos ensayos sobre cualquier tema que tú creas de interés... felicidades, y gracias por escribir