3 abr. 2008

Rojo vertical sobre las líneas blancas del rayado


Cuando llegué al ambulatorio no hacía más que mirar al muchacho. Luego, sólo el camino de la sangre en su mejilla, la herida abriéndose a mis ojos. Cuando llegué al ambulatorio, la gente corría de un lado para el otro a lo largo del pasillo. El temblor de mis manos era una aguja delgada, me rayaba en las paredes, saltaba como la aguja de un viejo pick up.

Hubiese querido no ver la herida, hubiese querido no ver aquella hendidura acuosa, la piel desgarrada en un surco larguísimo. La sangre empapaba la totalidad de aquel recuadrito escueto de gasa que una enfermera presionaba contra su mejilla, casi con desdén.

Hubiese querido dejar de ver la herida. La verdad es que no pude, mis ojos habían quedado fijados allí en esa hendidura vertical, en lo descarnado del trazo. Era un camino frágil. Pensé que mis dedos podían fácilmente desplazarse dentro de él. Si me hubiese atrevido, si mis dedos no hubiesen estado temblando, si hubiese caminado la herida en mis dedos, hubiese podido llegar hasta su paladar, hasta aquella laringe en la cual el aire modelaba esas palabras entrecortadas, unas torpes respuestas a un cuestionario formulado también de manera torpe, la enfermera escribiendo en los espacios en blanco, en las liniecitas dejadas para sostener en la simplicidad de la tinta, floja como las cuerdas, desgraciados trapecios, la cotidianidad hecha un triángulo. Los caracteres queriendo resumir una historia demasiado recurrente.

Hubiese querido dejar de ver la herida porque mientras más la veía, más sentía el paso de la sangre rodar por mi propia mejilla, tibias gotas temblando al compás de mis dedos que buscaban la herida como si no estuviera en la piel de otra persona, como si de repente hubiese caído en cuenta de que era probable que yo tuviera una exactamente igual.

Para llegar al banco tenía que cruzar la calle, había bajado tres cuadras desde mi casa, hacía un calor de esos que te vuelven plastilina, yo era un amasijo de colores, maleable, casi derretida esperaba a que el semáforo de peatones marcara verde. Esa mañana me desperté bastante animada, había anotado en una lista todas las cosas que debía hacer durante el día por si acaso la memoria no alcanzaba para tantos lugares, para tanta manzana, vinagre y lentejas en el supermercado del centro comercial.


Las lentejas nunca, las lentejas son inolvidables, pero el vinagre es otra cosa, y la patilla, roja, roja como la herida del muchacho, con semillas oscuras, como la piel oscura del muchacho.

Él vestía como obrero, trabajaba en la construcción de un edificio, llevaba unas botas llenas de polvo. Los otros hombres también. Los hombres que lo acompañaban usaban botas idénticas. Estaban llenas de polvo, había polvo por todos lados, todo se empezó a llenar de polvo, de repente, cuando vi sus botas, el aire no era ya aire, sólo polvo, no podía distinguir los objetos más próximos, pero, a pesar de todo y más allá de todo, no podía dejar de ver la herida.

No me di cuenta de lo que pasaba hasta el momento en que sentí el asfalto hundirse en mis rodillas. Sentí un golpe duro en la cabeza, un golpe seco, uno solo, fue como si alguien hubiese estrellado un puño en mi cabeza y lo hubiese dejado ahí, un puño colosal, venido de no sé donde, encajándose en mi cabeza, así fue todo.

Mientras lo miraba, pensaba que él nunca imaginó que algo así nos sucedería, no lo pudo haber imaginado cuando sacudía sus botas llenas de polvo bien temprano en la mañana, cuando el sol parecía un punto pequeñito, y entonces él pensó que era fácil taparlo con los dedos, así, prensando los dedos contra la palma, formando un puño para pegarle duro por si acaso, porque aún faltaba montar el café y la cola en la autopista que podía volver loco a cualquiera.

Ese día desayuné cereal, el de hojuelas de fibra con frutas secas. Mojé un poco la cerámica blanca de la cocina cuando lavé el tazón. Tuve que secar la cerámica con el trapito amarillo, lo sujetaba con fuerza, hacía círculos con la mano. El sol era apenas un pedazo asqueroso de tela, sentía que me ensuciaba las manos y dejé de limpiar.

Él seguramente sólo sintió las desgarraduras, el sonido de la piel abriéndose en su mejilla, la caída, un golpe seco, luego otro, luego él, cayendo, un golpe, dos golpes, sólo él y la tierra, cayendo. Y la herida, la herida que yo, por más que lo intentaba, no podía dejar de mirar.

Camilo siempre ha dicho que soy demasiado trágica, que mi temperamento es vallejiano, que vivo de nada y muero de todo, que para colmo lo sueño. La última vez que lo dijo, fue cuando servía agua caliente en una de las tazas que compró para su estúpido ritual de té inglés con leche descremada y miel y Dreams de Kurosawa, domingos en la tarde y el sol de nuevo es un punto que puede taparse con el movimiento circular de una cucharilla empapada de miel.

Y Miguel que dice que ustedes dos son un gran hueco, que si un agujero negro, que si disuelven las paredes, y entonces todo cae, un remolino oscuro, todo lo arrastran con ustedes, las paredes, el sofá, la alfombra, todo se lo llevan quién sabe a dónde, quiebran todas las vajillas y luego se echan a llorar.

Pero por eso es que Camilo y yo somos amigos, porque somos un gran… un inmenso hueco. Miguel es un mal necesario, él trae de nuevo las paredes cuando habla así, extiende la alfombra, pone en su lugar los cojines del sofá. Y voilá, estamos de nuevo en el estudio de Camilo, con la mesita plegable, la tetera inglesa y los cigarrillos y con Camilo que corta delicadamente las tartaletas en 3 porciones, como si ese acto estuviera estrechamente relacionado con el trazado de las líneas en sus planos de conjuntos residenciales, con vista panorámica de El Ávila, áreas de recreación, estacionamientos y maleteros.


Tres grandes fresas rojas decorando el centro de la tartaleta, tres fresas rojas como la herida del muchacho al centro de su mejilla, la sangre y yo, que miraba, y el muchacho que construye con un pedazo de su mejilla los planos que pudo haber dibujado Camilo, un mal necesario y yo también, desde luego, un mal necesario, que miraba, y sentía el puño de la ciudad encajado aún en mi cráneo, y recordaba que la vida ensucia y la gente y el trapito amarillo que muevo en forma circular, cuando intento limpiar y entiendo que ya no puede servir de nada si limpio o si ensucio, porque todo permanecerá igual, mohoso, rancio sobre la cerámica, verde bajo mi mano.

Un mal necesario, todos y todo un mal necesario. Un mal necesario caer en la avenida, el manubrio de una motocicleta encajado en la cabeza, el asfalto sangrándome en las rodillas y los carros que siguen y siguen hacia la tierra prometida de los basureros. Los camiones. El cristal de mis lentes crujiendo bajo los neumáticos. Ese ruido. Ese ruido. El temblor de mis manos, la sensación de no poder controlar el movimiento, la descoordinación atroz de los momentos límites. Me tambaleaba en las líneas blancas del rayado, eran cuerdas flojas, tan flojas como aquellas cuerdas que sostenían los ladrillos que cayeron y abrieron la herida en la mejilla del muchacho.

Era una barrita de plastilina derretida. El mundo se me metía por todos los agujeros negros de la vía láctea de las tazas de té inglés de Camilo.

-(7) Dayana Frailes

1 comentario:

Beatriz Alicia García dijo...

Me encanta este cuento. Le da un lirismo insólito a la violencia de la urbe. El título mismo es muy bueno. Procuraré ir al recital de hoy en El Trasnocho Cultural.
Saludos de una poeta urbana caraqueña,

Beatriz Alicia García