3 abr. 2008

Invitado: Fedosy Santaella


MM: ¿En qué momento de tu vida sentiste por primera vez la necesidad, el hobbie, el cosquilleo, la pasión, el sentimiento, la obligación de contar historias y con cuál de estas emociones estuvo más ligada?

FS: El virus de la escritura comienza con la lectura. Afortunadamente, a mi padre le gustaban los libros y tenía una biblioteca muy decente. Recuerdo que lo veía leyendo los fines de semana en un sofá. Me parecía que se encontraba tan a gusto que a mí también me dieron ganas de leer. Busqué en su biblioteca y encontré La Odisea. Leí algo de aquella maravilla, no todo claro, pero lo suficiente como para que el virus de la escritura se me contagiara. Torpe, inocente, empecé a escribir mis propias historias de dioses y hombres en una agenda ejecutiva que ya no tengo y que hoy serviría para reírme un rato. Luego, en el viejo Drugstore de Chacaíto, compré un librito que terminó de rematarme, o de contagiarme: Escena de un spaghetti western de Armando Sequera. Desde entonces, quedé enfermo de escritura. Espero que ese mal sea incurable.

MM: ¿Qué escritor te acompañó en las horas de lectura en tu infancia?

FS: Recuerdo a Homero, a Walter Scott, a Julio Verne, a Armando Sequera. Un poco más allá, a Herman Hesse, a Cervantes, a Otrova Gomas, a Irving Wallace y al gran Stephen King. Ellos son los culpables.

MM: Ahora, con la publicación de Historias que espantan el sueño, ¿cómo rememoras esa edad tan temprana y frágil?

FS: La recuerdo tal cual la portada del libro, pero con un poco más de oscuridad. Es agradable el miedo literario; paradójicamente, te hace sentir seguro, encerrado en un mundo paralelo y exclusivo.

MM: Mencióname algunas diferencias en el momento de concebir literatura para niños, tu obra de ficción que poco a poco va sumando libros y libros, y tu literatura bloguera?

FS: Uf. Bueno, hay quien dice que duermo con piyamas de Spiderman, así que no debe haber mucha diferencia. Sí te digo, en cambio, que la literatura que llaman “infantil” es igual literatura, de la verdadera. No le crean a las viejitas que escriben cuentitos con diminutivos y todos rimados; eso no sirve para nada. También creo que algunos lectores muy sesudos deberían leer más literatura infantil a ver si se calman un poco.
En cuanto a la literatura de bitácora electrónica, te puedo decir que en el blog uno pone sus ejercicios, esas historias que se te ocurren de pronto y te lanzas a escribirlas sin pensar mucho. A veces se quedan allí y listo, no transcienden; otras, las sigues trabajando en tu carpeta personal, que no está conectada al blog, sino guardada en alguna parte de tu computadora. En el blog pones tus divertimientos, a veces cosas más serias. En fin, uno “postea” lo que le gusta. No hay reglas y puedes ser más libre, experimental.

MM: En tu post de Caja Virtual del pasado 28 de mayo de 2007, haces mención a lo frágil y, por ende, manipulable que puede ser la verdad, ¿eres de los que piensa que la Historia es una gran mentira y que se puede hallar mayor verdad en los libros?

FS: Creo que las personas debemos recopilar información, educarnos, aprender a leer y a pensar. La ignorancia y la esclavitud se parecen mucho. Más de un manganzón te quiere manipular para que no leas el mensaje en la puerta que reza: “Te regalamos un viaje a la luna”. Esos manganzones son los que te dicen que no pases, que ese cartel te advierte que si entras te van a caer a batazos. Ahora, como te digo, hay que saber “leer”. Sé de más de uno a quien los libros les han hecho daño, y no estoy hablando del Quijote. En fin, los libros son una cosa hermosa, pero también pueden convertirte en Golum si no tienes cuidado.

MM: Este 10 de abril en El Buscón, El Apéndice de Pablo le declarará la guerra a la ignorancia y emprenderá una cruzada, difícil mas no imposible, para convertir a Caracas en una ciudad cultural. Puede llevarnos años esa batalla, estamos claros en eso y solicitamos tu ayuda. Respóndenos, por favor, ¿cómo sería una Máquina que hace Ping que luchara a capa y espada contra el mal?

FS: Esa máquina se transformaría en la carne y el hueso del duque de Rocanegras de mi novela, quien agarraría por el cuello el “campesinismo cosmopolita” (también podría ser “campe-cinismo”) de algunos venezolanos y, luego de jamaquearlo, lo picaría en pedacitos. No hay nada peor que un esnob, pero resulta que muchos de ellos son los generales del tinglado de la ignorancia. ¡Así que suerte, muchachos!

MM: Ahora, para lo último, las eternas preguntas: ¿Para qué se escribe?

FS: Afuera es muy feo y aburrido.

MM: ¿Cuánto tiempo puedes vivir sin escribir?

FS: Cuando me voy de vacaciones, no escribo, y eso es lo mejor que te puede pasar, porque entonces ahí, echado bajo la sombrilla, con una cocada en la mano, comienzan a surgir historias, tus próximas historias. Si eso no es escribir, pues bien, puedo pasar algún tiempo sin escribir. Lo que sí no puedo es pasar mucho rato sin que mi cabeza se invente una historia. Claro, cuando pasa un hilo dental, hasta al ombligo de uno se le olvida la literatura.

MM: ¿En qué momento del día se te ocurren más ideas para tu obra de ficción?

FS: Buenas son las conversaciones o almuerzo con los amigos; también ocurren en las noches, en plena lectura; cuando me baño, cuando manejo a solas; cuando estoy de vacaciones; cuando me encuentro a una persona indeseable… Las mañanas son mejores, eso sí.

MM: ¿Cuál es tu novela imposible (de leer y escribir)?

FS: La novela imposible de escribir: una donde los verbos anden con bastones.

La novela imposible de leer: cualquier libro que esté escrito para que lo lean los exquisitos hacedores de opinión cultural, los críticos que se quedaron en los ochenta y uno que otro doctor en Letras.


Las Piyamas de Sinseso


Sinseso tiene un blog y lee blogs. Y cuando uno tiene blogs, se expone a muchas cosas. Un día, por ejemplo, alguien comentó en algún blog ajeno que Sinseso dormía en piyamas de Spiderman. El autor era anónimo, y se entiende, porque una cosa así sólo la puede -y la debe- ventilar un anónimo. Hace poco, Sinseso volvió a leer el mismo comentario por allí, y después otro más. Yo que también los he leído, le hice el comentario a los comentarios, y él me respondió:
-Te voy a contar cómo ese anónimo sabe que duermo en piyamas de Spiderman, cosa que no tiene nada de malo, pero te quiero contar cómo ese anónimo lo sabe.
Yo me arrellané en mi sillón, encendí la pipa, me metí un dedo en la nariz y me dispuse a escuchar. Sinseso me contó lo siguiente:
-Pues bien, resulta que hace un par de años yo me encontraba viajando por el mundo haciendo documentales. Anduve por China y conocí a un par de chinos llamados los hermanos Chang que son peligrosísimos. También estuve en Suiza, y allá no me pasó nada en particular, porque en Suiza nunca pasa nada en particular ni en colectivo. En Guatemala, en una isla del lago Atitlán, conocí a los sacerdotes del Maximón, unos borrachitos brujos que beben todo el día en torno a un muñeco hecho de trapos que representa al dios Maximón, que es al mismo tiempo el conquistador Hernán Cortés. En uno de esos viajes, aterricé en Caracas. En esa cuidad debía parar con el fin de dejarle a mis empleadores los casetes betacam que contenían las imágenes y las entrevistas realizadas en tales viajes. Al salir de la oficina de estos señores, recordé que yo vivía en allí, en Caracas. Por no dejar, me fui a dar una vuelta por mi casa. Me conseguí con que mi perro y mi gato estaban enojadísimos porque no les había dejado las llaves del carro. Los muy desgraciados estaban decididos a no dejarme entrar a menos que les diera las llaves, pero yo no podía dárselas, pues me las había robado un pingüino malandro en la Antártica. Ofuscado, llamé a la policía, pero la policía (una mujer, se entiende) me dijo que quién me manda a no dejar que mis mascotas manejaran mi carro; también me amenazó con meterme preso por trato cruel a los animales, y colgó. También llamé a mi mamá, le pedí la bendición y le dije que la quería mucho, pero en verdad que esto no me servía de nada para resolver el problema. Así que llamé a unos amigos y los inventé a tomar en la puerta de la casa. Esto tampoco resolvía nada, pero beber con amigos permite que uno se distraiga mientras el tiempo pasa. Al final de una excelente partida de dominó sobre el piso del pasillo, decidí irme a dormir a un motel; sobre todo porque mi perro y mi gato hacían unos ruidos fenomenales que nos desconcentraban en el juego y no dejaban dormir a los vecinos, ganándonos en ese propósito con supremo arte. Derrotados ante los bramidos del gato y los rebuznos del perro, decidimos irnos de allí. Los vecinos, aunque muertos de sueño, nos abucheaban en las ventanas y los balcones. Los de condominio me decían que yo era tan mediocre que ni siquiera era bueno haciendo ruidos molestos, que los graznidos de mi perro y los relinchos de mi gato eran mil veces mejores. Nos fuimos pintando palomas y lanzando peos líquidos. Mis amigos, que son mis verdaderos amigos y por eso no me llevan a dormir a sus casas para no hacerme pasar pena delante de sus esposas, me dejaron tirado en alguna esquina de El Rosal, zona de la ciudad que se caracteriza por su abundancia en moteles. Yo di algunas vueltas por allí, buscando en los basureros alguna morocota perdida -deporte que por cierto me dio grandes frutos cuando era pequeño. Con un par de ellas en el bolsillo, me fui hasta una casa de cambio que estaba de turno a esa hora de la madrugada y cambié el oro por un par de billetes y una pijama de Spiderman (yo había pedido de Batman, pero en la casas de cambio sólo venden piyamas de Spiderman). Así que me fui al motel a dormir. Estaba de lo más cómodo acostado en la cama circular de la suite El Emperador, a punto ya dormirme con el dulce arrullo de unas lesbianas que en el televisor se besaban, cuando sonó la alarma de incendio. Yo corrí al baño, llené un vasito de agua y salí con mi vasito bajo el brazo (por si había que apagar algún incendio de cualquier clase). Afuera, la gente corría desnuda por los pasillos. Tenía razón para hacerlo, porque olía a quemado, y había fuego en todas las cortinas. Para mí fue un alivio saberme en pijama. También fue un motivo de gran contento poder disfrutar de las muchas señoras MILF muy bien operadas que a paso apresurado tamborileaban sus abultadas carnes. Cabe destacar que presencié las combinaciones más extrañas de personas y cuerpos saliendo de los cuartos, todos en una armonía bizarra de la imperfección y la variedad, lo que me hizo pensar que no hay nada mejor para dirimir las diferencias entre las personas que ir a mostrarse desnudos en los pasillos de cualquier motel (ya le pasé la propuesta a la ONU). Te aseguro, hermano, que eso hará que todos se vean igualitos ante los ojos del Señor. Y de este señor también, que por cierto, era el único diferente, porque andaba en piyamas de Spiderman, como ya se sabe. Cuando alcancé las escaleras y noté que todo el mundo se apretujaba por bajar por allí, llamé al ascensor que estaba totalmente desocupado (en eso resultan muy civilizadas y obedientes las personas que van a los moteles, porque con una facilidad pasmosa suelen hacer caso del cartelito que dice “En caso de incendios no use el ascensor”). Apenas las puertas se abrieron, entré. Detrás de mí, y justo antes de que el ascensor se cerrara, entró alguien más. Mientras bajábamos, lo detallé. Se trataba de un hombre del que no puedo recordar más que unas piyamas rosadas en cuyo pecho dos muñequitos se daban un besito tierno. Después supe que esos muñequito se llaman Pucca y Garu. Yo me eché a reír, pero te juro que no me burlaba de aquel hombre. Nada que ver, amigo. Me estaba riendo de la situación: del ascensor, del incendio, de la gente desnuda, de las piyamas rosadas de Pucca y Garu y de la de Spiderman. Me reía de todo, hermano, pero aquel hombre no lo entendió así y creyó que me estaba burlando de él. Se enojó muchísimo, se puso muy rojo, hasta su pijama rosada se puso roja. Como viera que yo no podía parar de reír, el hombre me lanzó un cachetón. Ahí sí me callé para sobarme el cachete (trata de reír y sobarte un cachete al mismo tiempo, es imposible).
>>“¿Cuál es su nombre?”, preguntó encolerizado el hombre de la pijama rosada de Pucca y Garu.
>>“Sinseso Malapata”, respondí yo.
>>El hombre, apretando los puños, dijo entre dientes: “Nunca olvidaré este agravio, lo perseguiré a donde usted vaya y les diré a todos los que le conozcan que usted usa horrendas piyamas de Spiderman”.
>>Yo intenté ser conciliador y le dije: “Pero señor, disculpe, yo…”. Pero el hombre Pucca-Garu no estaba para fraternidades y espetó: “¡Nada, su nombre ha quedado grabado en mi mente para siempre!”. Entonces las puertas del ascensor se abrieron y el hombre salió. Yo me fui tras él, apresurado. Antes de perderlo entre la confusión de la gente que corría, le grité: "Dígame por lo menos cómo se llama, señor!" Deslizándose entre el caos, el caballero de la pijama Puca-Garu me respondió a viva voz: "Yo para usted no tengo nombre, yo para usted soy anónimo"...


>>Y bueno, amigo, desde ese día, yo duermo con piyamas de Spiderman, porque son muy cómodas, las más cómodas que he usado en mi vida, y también, claro está, desde entonces, hay alguien, un anónimo, que me odia y riega por Internet, por los blogs, por todas partes, que yo duermo en piyamas de Spiderman.

-(Invitado) Fedosy Santaella

1 comentario:

[rASPBERRY*sIREN] dijo...

Debo confesar que no soy muy avida lectora ni escritora de blogs, aunque tengo uno pero no he
encontrado la manera de sentarme a vaciar historias tan buenas como esta que acabo de leer y no
por no tenerlas, sino por no robarme el tiempo necesario para hacerlo. De vez en cuando si me
lanzo a los mares de los blogs a ver que encuentro interesante por ahi y a veces consigo una que
otra cosa que me mantiene pegada a la silla frente a la computadora por largas horas (especialmente de la madrugada).

El punto es que llegue a este blog por un link que vi en facebook y me llamo la atencion "el apendice". Le di click y me mando directamente al espacio de Pablo. Comence a observar la pagina
y despues de varios bloques de texto y fotos y titulos bastante interesantes me detuve en una
fotografia de lo que parecia ser un munequito de Spiderman borroso con los brazos levantados al
cielo. Detenida en la fotito, levanto la mirada recorriendo el texto que sobre ella se extiende y
la frase que se lee en la parte superior es: "...no olvidaré este agravio, lo perseguiré a donde
usted vaya y les diré a todos los que le conozcan que usted usa horrendas piyamas de Spiderman”.

El resto es la razon de este comentario: tuve que leer el texto completo para averiguar cual era
el cuento de las "horrendas pijamas de Spiderman".

A todo esto debo agregar que me parecio una historia divertidisima y, aunque no uso pijamas del
superheroe en cuestion porque no he vivido una historia como esta, la casa de cambio que me toco
visitar solo tenia pijamas de Bob Esponja. Desde entonces tambien las uso y, si, son de lo mas
comodas. De hecho, todo esto me hizo reflexionar y llegar a la conclusion de que las pijamas mas
comodas solo las hacen para ninos sin pensar que los adultos (algunos, no todos) sacamos de vez
en cuando a ese nino interno que todos llevamos por dentro (yo, particularmente, lo saco a pasear
todos los dias).

A todo esto, y a las pijamas de Bob Esponja, debo agregar que en las no tan repetidas veces que
me ha tocado visitar ciertas casas de cambio he ido agregando objetos con motivos parecidos, uno
tras otro, dentro de los que puedo mencionar 2 toallas de Jurassic Park y una de los 101 Dalmatas y
una alcancia de la Mujer Maravilla, piezas que ahora exhibo orgullosamente frente a cualquiera,
tenga o no una pijama de Pucca y Guru.

Por ultimo (porque ya he escrito bastante), debo decir que recordare esta historia por largo
tiempo y tratare de compartirla con aquellos a quienes creo les ha pasado algo parecido o a aquellos a quienes se que sencillamente les va a entretener. Dele las gracias al senor de la pijama PuccaGuru por hacer que esta historia sea del conocimiento publico en los cyber-mares de los Blogs.

(La de las "pijamas de Bob Esponja")