22 ene. 2015

El apéndice volverá!

El apéndice volverá!

3 abr. 2008

ApenÍndice

Los camiones Voladores, poema de Alexis Pablo, abre El Apéndice de Pablo IV con palabras que se nos presentan como un fogonazo en medio de la carretera

Dayana Fraile, en la víspera de su lectura en la III Semana de la Narrativa Urbana, despliega un incisivo relato que nos deja la costra más amarga de las palabras y de lo obsesivo que nos puede parecer la monstruosidad de una herida

En lo que parece ser un Road Poem, Hensli Rahn va hacia el sur, hacia el norte, avanza, retrocede, se desvía en cada esquina para recolectar palabras que pueden parecer ángeles o cadáveres en el espejo retrovisor

Yoel Villa nos obsequia un breve pero agudamente febril extracto de su bizarra y genial obra dramática, Empous, el de los pies de asno

Néstor Bermúdez nos cuenta su experiencia literaria con El atravesado, relato del autor colombiano Andrés Caicedo

Ana Lucía De Bastos, desde el viejo continente, indaga cómo romper los límites del tiempo en el espacio llenando de la tinta de su imaginación los espacios que se dejan ver infranqueables pero sólo superados por la poesía en Bolígrafo Blue

Nuestro invitado de honor es Fedosy Santaella, el padre de Los Hermanos Chang y Caja Virtual, la primera, la revista literaria blog pionera en Venezuela; el segundo, su blog personal y de los más visitados en la WEB. En la IV edición del Apéndice de Pablo, Fedosy responde preguntas y nos deja Las piyamas de Sinseso

Keila Vall de la Ville, también preparándose para la III Semana de la Nueva Narrativa Urbana, se estrena en El Apéndice de Pablo con su número 25,30 y el cuento Fragmentos de la primera infancia, extraído de su primer libro, Ana no duerme, pronto a publicarse.

Juan Pablo Gómez, poeta y profesor de Literaturas Occidentales en la Escuela de Letras de la UCV, nos da la primicia de su poemario inédito Inclinación a la luz, con el primer poema Uno

Miguel Hidalgo Prince juega quirúrgicamente con las palabras y las situaciones de su personaje en Cardiopatías congénitas

Annabel Petit se enhebra en la espera, en los segundos, en los relojes, y calcula los verbos indicados para componer Anda insistente el segundo

Mario Morenza en la víspera del lanzamiento de su libro Pasillos de mi memoria ajena, deja un diálogo perdido de la senda de los vecinos de Bloque 4 en Los hijos de Navarro.

Nenúfar Colmenares ahonda en la profundidad inquietante del alma en Brillo Póstumo, un ensayo soberbio y divinamente escrito extraído de Sentir y Sentido, su libro inédito sobre el genio de la cinematografía mundial Andrei Tarkovski.

Guillermo Armas y el dúo Viviana Reverón y Juan Carlos Redondo estrenan el Cine de El Apéndice de Pablo, Tripa Fílmica. En nuestras recién inauguradas salas, Riñón Izquierdo y Riñón Derecho, presentamos los cortometrajes Welcome my son, y Alfil, respectivamente.

Agradecimientos apendicistas a todas aquellas personas que hicieron que este número fuese posible, en especial al personal de la Librería El Buscón, a Katyna Henriquez, Carla Cordero, Ricardo Ramírez, Álvaro Méndez, José Gabriel Núñez, Facebook, Gettyimages y Google.

Los camiones voladores


a Yuri.

Cada vez que quieras verme
sólo debes asomarte a tu ventana
y esperar la señal.


Yo te saludaré desde mi azotea
para que me veas con tus binoculares,
mientras los camiones voladores
pasean por el cielo,
allá, a lo lejos,
donde el azul se confunde con lo naranja.

- (10) Alexis Pablo

Rojo vertical sobre las líneas blancas del rayado


Cuando llegué al ambulatorio no hacía más que mirar al muchacho. Luego, sólo el camino de la sangre en su mejilla, la herida abriéndose a mis ojos. Cuando llegué al ambulatorio, la gente corría de un lado para el otro a lo largo del pasillo. El temblor de mis manos era una aguja delgada, me rayaba en las paredes, saltaba como la aguja de un viejo pick up.

Hubiese querido no ver la herida, hubiese querido no ver aquella hendidura acuosa, la piel desgarrada en un surco larguísimo. La sangre empapaba la totalidad de aquel recuadrito escueto de gasa que una enfermera presionaba contra su mejilla, casi con desdén.

Hubiese querido dejar de ver la herida. La verdad es que no pude, mis ojos habían quedado fijados allí en esa hendidura vertical, en lo descarnado del trazo. Era un camino frágil. Pensé que mis dedos podían fácilmente desplazarse dentro de él. Si me hubiese atrevido, si mis dedos no hubiesen estado temblando, si hubiese caminado la herida en mis dedos, hubiese podido llegar hasta su paladar, hasta aquella laringe en la cual el aire modelaba esas palabras entrecortadas, unas torpes respuestas a un cuestionario formulado también de manera torpe, la enfermera escribiendo en los espacios en blanco, en las liniecitas dejadas para sostener en la simplicidad de la tinta, floja como las cuerdas, desgraciados trapecios, la cotidianidad hecha un triángulo. Los caracteres queriendo resumir una historia demasiado recurrente.

Hubiese querido dejar de ver la herida porque mientras más la veía, más sentía el paso de la sangre rodar por mi propia mejilla, tibias gotas temblando al compás de mis dedos que buscaban la herida como si no estuviera en la piel de otra persona, como si de repente hubiese caído en cuenta de que era probable que yo tuviera una exactamente igual.

Para llegar al banco tenía que cruzar la calle, había bajado tres cuadras desde mi casa, hacía un calor de esos que te vuelven plastilina, yo era un amasijo de colores, maleable, casi derretida esperaba a que el semáforo de peatones marcara verde. Esa mañana me desperté bastante animada, había anotado en una lista todas las cosas que debía hacer durante el día por si acaso la memoria no alcanzaba para tantos lugares, para tanta manzana, vinagre y lentejas en el supermercado del centro comercial.


Las lentejas nunca, las lentejas son inolvidables, pero el vinagre es otra cosa, y la patilla, roja, roja como la herida del muchacho, con semillas oscuras, como la piel oscura del muchacho.

Él vestía como obrero, trabajaba en la construcción de un edificio, llevaba unas botas llenas de polvo. Los otros hombres también. Los hombres que lo acompañaban usaban botas idénticas. Estaban llenas de polvo, había polvo por todos lados, todo se empezó a llenar de polvo, de repente, cuando vi sus botas, el aire no era ya aire, sólo polvo, no podía distinguir los objetos más próximos, pero, a pesar de todo y más allá de todo, no podía dejar de ver la herida.

No me di cuenta de lo que pasaba hasta el momento en que sentí el asfalto hundirse en mis rodillas. Sentí un golpe duro en la cabeza, un golpe seco, uno solo, fue como si alguien hubiese estrellado un puño en mi cabeza y lo hubiese dejado ahí, un puño colosal, venido de no sé donde, encajándose en mi cabeza, así fue todo.

Mientras lo miraba, pensaba que él nunca imaginó que algo así nos sucedería, no lo pudo haber imaginado cuando sacudía sus botas llenas de polvo bien temprano en la mañana, cuando el sol parecía un punto pequeñito, y entonces él pensó que era fácil taparlo con los dedos, así, prensando los dedos contra la palma, formando un puño para pegarle duro por si acaso, porque aún faltaba montar el café y la cola en la autopista que podía volver loco a cualquiera.

Ese día desayuné cereal, el de hojuelas de fibra con frutas secas. Mojé un poco la cerámica blanca de la cocina cuando lavé el tazón. Tuve que secar la cerámica con el trapito amarillo, lo sujetaba con fuerza, hacía círculos con la mano. El sol era apenas un pedazo asqueroso de tela, sentía que me ensuciaba las manos y dejé de limpiar.

Él seguramente sólo sintió las desgarraduras, el sonido de la piel abriéndose en su mejilla, la caída, un golpe seco, luego otro, luego él, cayendo, un golpe, dos golpes, sólo él y la tierra, cayendo. Y la herida, la herida que yo, por más que lo intentaba, no podía dejar de mirar.

Camilo siempre ha dicho que soy demasiado trágica, que mi temperamento es vallejiano, que vivo de nada y muero de todo, que para colmo lo sueño. La última vez que lo dijo, fue cuando servía agua caliente en una de las tazas que compró para su estúpido ritual de té inglés con leche descremada y miel y Dreams de Kurosawa, domingos en la tarde y el sol de nuevo es un punto que puede taparse con el movimiento circular de una cucharilla empapada de miel.

Y Miguel que dice que ustedes dos son un gran hueco, que si un agujero negro, que si disuelven las paredes, y entonces todo cae, un remolino oscuro, todo lo arrastran con ustedes, las paredes, el sofá, la alfombra, todo se lo llevan quién sabe a dónde, quiebran todas las vajillas y luego se echan a llorar.

Pero por eso es que Camilo y yo somos amigos, porque somos un gran… un inmenso hueco. Miguel es un mal necesario, él trae de nuevo las paredes cuando habla así, extiende la alfombra, pone en su lugar los cojines del sofá. Y voilá, estamos de nuevo en el estudio de Camilo, con la mesita plegable, la tetera inglesa y los cigarrillos y con Camilo que corta delicadamente las tartaletas en 3 porciones, como si ese acto estuviera estrechamente relacionado con el trazado de las líneas en sus planos de conjuntos residenciales, con vista panorámica de El Ávila, áreas de recreación, estacionamientos y maleteros.


Tres grandes fresas rojas decorando el centro de la tartaleta, tres fresas rojas como la herida del muchacho al centro de su mejilla, la sangre y yo, que miraba, y el muchacho que construye con un pedazo de su mejilla los planos que pudo haber dibujado Camilo, un mal necesario y yo también, desde luego, un mal necesario, que miraba, y sentía el puño de la ciudad encajado aún en mi cráneo, y recordaba que la vida ensucia y la gente y el trapito amarillo que muevo en forma circular, cuando intento limpiar y entiendo que ya no puede servir de nada si limpio o si ensucio, porque todo permanecerá igual, mohoso, rancio sobre la cerámica, verde bajo mi mano.

Un mal necesario, todos y todo un mal necesario. Un mal necesario caer en la avenida, el manubrio de una motocicleta encajado en la cabeza, el asfalto sangrándome en las rodillas y los carros que siguen y siguen hacia la tierra prometida de los basureros. Los camiones. El cristal de mis lentes crujiendo bajo los neumáticos. Ese ruido. Ese ruido. El temblor de mis manos, la sensación de no poder controlar el movimiento, la descoordinación atroz de los momentos límites. Me tambaleaba en las líneas blancas del rayado, eran cuerdas flojas, tan flojas como aquellas cuerdas que sostenían los ladrillos que cayeron y abrieron la herida en la mejilla del muchacho.

Era una barrita de plastilina derretida. El mundo se me metía por todos los agujeros negros de la vía láctea de las tazas de té inglés de Camilo.

-(7) Dayana Frailes

En la autopista no manejo


En la autopista no manejo,
voy sobre el piano de Evans
Bill Evans
de noche
No espero a nadie
o sí
Observo

Las cosas que pienso
con certeza
no encuentran sentido
Hay una frase de Lobo Antunes
bonita
dice algo como…
Ahora no recuerdo bien
La robó de alguien
seguramente
No es preciso ser tan correcto
ni siquiera los escritores viejos


Se hace eterno
o eterna
La vía se hace ridícula y eterna
No tierna,
tierna es Elisa, la colombiana
se robaba los cubiertos
y qué
Me cuidaba como un rey,
nadie me cuida como un rey

El tráfico ahora es sólo
un mal recuerdo
No tengo un solo libro interesante en la mesa
de noche
Ni siquiera son míos,
son como los demás
Quemándose por dentro


Vi una película de matones
matones negros
Voy a noventa y pienso en ellos
a cien, ciento veinte
Veo escenas de gente en el suelo
tirada
con el cuerpo lleno de salsa de picante

El edificio Pernod Ricard tambalea sobre nosotros
–mi camioneta y yo–
no es un símbolo de opulencia,
es un cóndor-zamuro con hocico de perro
y patas verdes con escamas de vidrio
¿por qué tendría arriba una antena?
Yo digo que es un pelo
Y acelero
–no nos vaya a caer encima–

Otro acorde y Bill Evans
con la vía
al mismo ritmo
es una coincidencia
y según algunos, no existe
Pero aquí no hay algunos
sino la camioneta, yo, Evans, un contrabajista y un baterista.
Mañana temprano le mando un correo a tal
Tal me lo devolverá en la noche
como a esta hora
pero sin prisa.
La internet es graciosa,
es un chiste del pasado
el cóndor del progreso.


Hay una frase en la película
me gusta
un matón le dice al otro:
si te vas ahora, no tendré que matarte.
Con aquella ternura paisa
que aplica sin saber que la tiene.
Se conecta con la frase
no la recuerdo aún
de Lobo Antunes
bonita
un robo
un cóndor
negro

-(32) Hensli Rahn

Empous el de los pies de asno (Fragmento)


ILIADA (Caminando junto a Rulfo, ya para salir): ¡Hijo! Has de saber, oh hijo mío, que soy prisionero en este convento de urracas, en este semillero de intrigas, rumores y conjuraciones abominables. Muerto estoy entre estos muros y ese monstruo rojo de siete cabezas cuyo mayor atractivo es ser un vulgar resguardo de víboras y ladrones. (Pausa) Que lo creas o no, este es mi final, y eso hasta yo lo sé; pues, ¿qué hay en un pueblo profundamente desgraciado sino locura y muerte? ¿Qué podría ser peor: el pueblo es mi enemigo y yo, enemigo del pueblo?

RULFO: Qué Dios nos proteja.

ILIADA: Sí, ¡qué Dios nos proteja! (Pausa) Y sin embargo... tú, sí tú, tú mejor que nadie conoces los sentimientos del pueblo, ¿no es así?

RULFO: Eso creo.

ILIADA: Seguramente que sí, que solo un hombre que haya visto de cerca sus ojos de envidia podría responderme algunas preguntas por sí mismas difíciles para dignidades de convento: ¿quiénes son ellos? ¿cuál es su condición?


RULFO: ¡Son pobres, padre!

ILIADA: ¿Pobres? Sí, bueno, eso es histórico. Lo que quiero saber es: ¿qué dicen de mí?

RULFO: Lo de siempre: te tildan de tirano, de asesino y violentador.

ILIADA: ¿Quién, yo? (Comprensivo) Sí, bueno, era de esperarse al menos, que para ellos no hay en el mundo ni gobiernos malos ni gobiernos buenos, sino políticos cómplices movidos por los apetitos del poder. Esto es así, ciertamente, que de casos como éste esta llena la historia de la humanidad. (Pausa) Y sin embargo, son ellos, y no yo, los más grandes violentadores de la historia, cerdos, rapiñas, capaces de dejar perder la patria por mera lujuria y ambición.

RULFO: Lo mismo pienso yo.

-(3) Yoel Villa

A propósito de «El Atravesado», de Andrés Caicedo


Hace un par de meses me tropecé con esta crónica de Rodrigo Blanco Calderón, sobre su viaje a Bogota a propósito de un evento literario. En ella, Rodrigo hace alusión a Andrés Caicedo como un escritor mítico, podría decirse, entre la juventud colombiana. Lo extraño y místico que rodea el comentario sobre Caicedo me hizo indagar. El último día del año pasado, en Barquisimeto, conseguí lo impensado: Un ejemplar, nuevecito, de «El Atravesado», editado por Norma. Obviamente, según lo que había conseguido ya en internet y que, debo decir, no había hecho sino despertarme aún más la curiosidad, compré el libro.

La cosa con el mentado libro, con el mentado escritor, quien se suicidó en 1977, es..., cómo decirlo. Sí, el man, para decirlo a «su» modo, tiene la capacidad de llevarlo a uno de la mano en una suerte de viaje desgajado desde lo más brutal de la vida caleña de aquellos años setenta, a lo más tierno y poético de los actos cotidianos. La fuerza de su lirismo, coloquial y a la vez depuradísimo, es, para no decir lo menos, brutal, aplastante.


El relato, que no sé bien si novela corta o cuento largo, narra parte de la vida de un muchacho caleño, los «totes» que se da a diestra y siniestra sólo porque sí, un grupo, una banda, más bien, y sus aventuras, las idas al cine, el baile, su primer amor, y su soledad toda. Una soledad aplastante, muy de estos tiempos, muy de aquéllos, también. El libro, además, tiene otro relato, más corto, «Maternidad», muy al estilo norteamericano, muy de contar y contar y de pronto, juas!, sanseacabó, como diría Davy. Excelente también, para qué negarlo. Tanta desidia, tanto vivir por vivir, tanto «¿Lo aburro, mano? Entonces no bostece. Así uno no le habla a una cara sino a un hueco». Y tanta frase genial entre la mierda de la cotidianidad. Tanto «Ese saber que existía, y que estaba ahí a mi lado» y que, carajo, lo deja a uno así, como harto de tanta basura y al mismo tiempo, enamorado de esa basura. Estos personajes se saben pasajeros, se saben chiquiticos ante el mundo, y eso no les importa, son unos descarados malgastadores de la vida. Son tan normales, tan todoelmundo. Por eso debe ser que Caicedo cierra «El Atravesado» diciendo «Que no hay caso, mi conciencia es la tranquilidad en pasta, por eso soy yo el que siempre tira la primera piedra». Y a veces esta gente que vive por vivir aspira la glora... y por eso se embaraza, en ello reside su trascendencia. Como en «Maternidad» cuando el personaje narrador, viéndo a una joven que gusta de él, viéndola bien, se dice «Le haré un hijo a esta mujer». Y ya, se desmorona, se deshace en esa irrelevancia, en ese gran poder de la postmodernidad.

Por último, un regalo:
Mi mamá me regañó porque había llegado tarde, pero yo le pedí perdón. Entonces me bañó el ojo izquierdo con el trapito de agua caliente, y yo me le acerqué mucho y le di un montón de besos en la cara y le acaricié el pelo, le dije que olía rico, ella alzó los ojos y yo en aquellos tiempos me perdía en sus ojos, no era sino mirarlosy me iba en barco, viento a favor, alguna canción de por allá anunciando mis hazañas, mi mamá que me aprieta la mano y cierra los ojos para que yo no me vaya tanto, mete la nariz en mi oreja derecha, en mi oreja izquierda, y luego me dice cosas, la canción esa que yo escucho añorando sus ojos, el sol poniente.
-(360º) Néstor Bérmudez

Filosofía y Letras

La filosofía parece ocuparse sólo de la verdad, pero quizá no diga más que fantasías, y la literatura parece ocuparse sólo de fantasías, pero quizá diga la verdad.
Antonio Tabucchi.

Una de esas noches de fin de vacaciones, entramos yo y mis amigos de tertulia en un bar de Plaza Venezuela a rematar la noche. Amenazaba un aguacero y preferimos estar bajo techo y no mojarnos esperando taxis. Entramos y fuimos pidiendo cervezas mientras escuchábamos a Cerati retumbar forzosamente en las paredes de terciopelo. De la alquimia salvaje, de tus labios oro rubí. Y me encontré con su mirada. Me quedé viéndola y reconocí esos labios cantados. Gracias a las cervezas previas y al ambiente del local que antaño fuera un burdel, ensayé un saludo con la mano del cigarrillo y no me lo respondió. Era Adriana, la de Filosofía, pero sin lentes, no cargaba sus lentes de pasta gruesa; era otra mujer.


Estuvimos hablando del pasado de aquel local, que lo delata la decoración de sus paredes. De que si a las mujeres les gusta ese local es porque llegan a sentir ese aire que todavía guarda de su vida pasada. Un aire que perece surgir de las propias paredes cuando la música rebota sobre su falsa piel. Entonces se sienten inquietas y comienzan a pasearse por el local con una naturalidad que les es desconocida, pero que les sienta como su mejor prenda y las hace sonreír, como si se les hubiese devuelto algo de sí mismas que perdieron sin culpa. Echan miradas, de lado a lado mientras caminan y se sortean entre ellas y hombres. Miradas como latigazos, otras como caricias que incitan. La de Adriana era como una sonrisa que flagelaba. Era rarísima, como si estuviese diciendo algo con los ojos que uno debería entender, y al no entenderlo, la misma mirada te lo reprochaba. Así, sin un gesto más: la misma mirada. Hay que verla. Pero tendría que haber supuesto que andaba como desnuda sin sus lentes y que entonces se sentía muy expuesta, o que ya estaba ebrio.

Las mujeres allí beben más rápido, y esa noche la cola del baño de damas parecía el backstage de un desfile de Galiano.

Recuerdo que hablamos de la primera de las poetisas y caímos en la discusión, como todo el mundo desde que se sabe de ella, sobre si la poeta y sus amigas formaban un grupo literario como tal, o Safo y sus aristocráticas compañeras conformaron uno de los burdeles primigenios. En todo caso, la misma Safo definía su casa como la Morada de las Servidoras de las Musas.

— Μούσοπολόι (musopolói) ―se atrevió Braulio, y se echó a reír de la cara de nosotros.

—¡Qué vas a saber tú de griego, Braulio! ¡Cállate! —dijo Julián y yo lo apoyé.

— Yo he entrado de oyente a las clases de griego en Filosofía, y allí no se habla de otra cosa sino de musas. Por eso es que esa escuela está así, parece el club de Safo.


Adriana seguía paseando, o modelando. Ya las cervezas nos daban algo parecido a la seguridad y Braulio la invitó a nuestra mesa. Hizo una señal con la mano para que la esperáramos, seguro que iba al baño, a la cola. Comenzamos a hablar de ella, de que no vendría, de qué le íbamos a decir, de su cuerpo, de sus amigas de Filosofía, de porqué tardaba tanto. La embriaguez había llegado a ese estado casi absoluto en que uno se siente más bien sobrio. Así que pedimos la última y salimos.

En la salida del bar nos la encontramos hablando con un hombre que cuidaba los carros. Ella hablaba con evidente enojo mientras le enseñaba algo que tenía suspendido entre sus dedos a la altura del pecho. Una bolsita. Estaban en la acera de enfrente, al otro lado de la calle. Ninguno de nosotros la conocía personalmente. Sin embargo, creímos unánimemente, con una conversación más que breve, que merecíamos una disculpa. Así que decidimos llamarla.

Adentro habíamos estado hablando de ella durante el tiempo que había durado su ausencia y más. Habrán sido unas tres horas de habladera inútil y olvidable. Adriana era simpática después de todo, no como pensábamos. De hecho, dijo Julián, estuvo mirando hacia nuestra mesa desde que llegamos. Probablemente esos lentes no tenían que ser tan estrambóticos, quizás los usaba así para sentirse más filósofa, o para no llamar la atención. El hecho es que ya no los usaba, y así se le veía la cara completa, que era un simétrico rostro. Braulio recordó que le había vendido barajitas del mundial de fútbol 2002. La pusimos en un pedestal y todos estábamos religiosamente ebrios a sus pies. Era como si fuera una empresa que se cotizara en bolsa. Las acciones de Adriana se vendían caras y eran rentables, siempre subían, así que comprábamos. Hasta que, quizá al mismo tiempo, como buenos perdedores, reconocimos que ya se había ido, que si había estado mirando hacia nuestra mesa era para convencerse de que éramos de Letras y marcharse. Entonces hubo una baja inadvertida en Adriana, la empresa se desplomaba en la Bolsa, todos perderían con sus acciones.

También hablamos del hecho de que estudiara filosofía y no otra cosa. Uno cree que las mujeres que estudian filosofía lo hacen por alguna convicción femenina de que pueden conseguir la clave de la eudaimonía. Esa debe ser una de las ramas filosóficas preferidas por las mujeres, o eso creíamos esa noche. Pero tal parece que se ocupan, por lo menos Adriana, de lo que era para Camus el problema fundamental de la filosofía: juzgar si la vida vale o no vale la pena de ser vivida. Por eso es que uno bebe, por eso las drogas, por eso todos los vicios, por eso el arte, por eso el sexo, la ninfomanía, el querer enamorarse, por eso mismo, ciertamente, dijo Julián, uno quiere dejar de fumar. Porque se supone que queremos alejarnos de alguna manera de la certidumbre perenne pero no develada de que vamos a morir. Adriana parece que no cree lo suficiente en la eudaimonía, tal vez en su escuela sea diferente.

Braulio le preguntó, de acera a acera, si no vendía barajitas del mundial Alemania 2006. Ella no entendía y Braulio preguntaba más fuerte, así que decidí hacerle señas para que cruzara la calle al tiempo que Julián hacía lo mismo. Cruzó. Entendió a Braulio y le dijo que no, que ella no vendía barajitas de fútbol. Una vez cerca de nosotros me di cuenta de que llevaba sus lentes nuevamente. Julián, o yo, alguien le preguntó si ya se había inscrito.

—¿De béisbol tampoco vendes? —siguió Braulio.

—No, no, que no vendo eso.

Le pregunté si ella no había cambiado sus lentes por unos de contacto.

—Nunca he usado lentes de contacto, ¿qué te pasa?

—No, es que creo que una vez te vi sin esos lentes. Creo.

Deberías ponértelos de contacto, tienes unas facciones bellísimas detrás de ese kilo de pasta y vidrio, y con el cabello suelto eres impúdica. Tienes algo de desnudez cuando estás sin esos lentes, y con tos ojos hundidos y sin ojeras tu mirada hipnotiza, pensé en decirle también. Pero su cara de aburrimiento había crecido a la vez que se alejaba un par de pasos de nosotros.

Comenzaron a caer unas gotas de lluvia fría.

No fue tan corto el tiempo que conversamos con ella. Recuerdo también que le preguntamos si ya estaba en tesis. Creo que dijo que sí, o titubeó. ¿De qué se hace una tesis en Filosofía?, le solté también, con lo que se decidió a desandar el cruce de la calle con un primer paso pero dando una respuesta. Creo que nos encontró muy prosaicos. Tal vez esperaba que la invitáramos a seguir tomando mientras tendríamos una tertulia literario-filosófica. O tal vez esperaba que le preguntáramos si realmente creía en Dios, o si realmente no creía en Dios, o si es necesario creer en Dios para estudiar filosofía, o si lo contrario. Pero nosotros le hablamos de barajitas de fútbol, de las inscripciones, de las posibilidades de una tesis en Filosofía, de por qué no usaba lentes de contacto, y ella se defraudó. O ni siquiera eso, tal vez confirmo algo. Nadie mencionó eudaimonía. Cuando se volteó, o en el momento previo de subirse al carro que la esperaba para marcharse, se le dibujó la siguiente expresión en la cara: ¡Qué rayos pueden tener de interesantes estos estudiantes de Letras para mí, que estudio filosofía, la madre de todas las ciencias! Y se fue. Pero creo que se equivoca, y ahora cualquiera se podría sentir como el poeta Paul Celan, quien después de todos sus sufrimientos a causa de la derecha, se reunió una vez con Heidegger en la no tan Selva Negra de Alemania, y después de cruzar unas palabras con el filósofo, si mal no recuerdo, le preguntó ¿por qué? Entonces no pudo más que volver a llorar. Pero no, a nosotros nos dio risa.

Acordamos que la próxima vez no la defraudaríamos, la invitaríamos a seguir tomándonos unas cervezas, o mejor, estando completamente ebrios le preguntaríamos por la eudaimonía y por Dios.

Nos fuimos mojándonos con la lluvia.

-(B-612) José Daniel Cuevas

Bolígrafo Blue

primera tentativa de ars poética antihistórica


Escribir con boligrafo sobre el papel
-hay tanto placer en este resbalarse-
Intentar que las letras queden alineadas
ordenadas, claras, redondas,
apolíneas
y luego decir con ellas
todo lo que no ha sido

Empujar con la presencia del verbo
las pesadas cortinas de la inexistencia.

Expandir el universo
como la estrella que se dirige a la nada
que con su llegada deja de serlo
pues ya habrá entonces estrella
impulso luz e intención.

Catapultar la existencia
invadir todos los rincones del sinsentido
escupirle flores naranja
y negarnos a callar
-porque callar es darle espacio a la muerte-


Es desdoblar la sábana negra
que escondemos en las costillas
y que nos empuja a poner la vista
en las pocas cosas creadas para destruirlas
de apatía y desengaño

Escribir,
deslizar el boligrafo azul
ahora con más rapidez
para decirlo todo:

Decir no sólo cómo cayó del árbol
la manzana de Newton
sino cómo cayeron de los cielos
las ranas silvestres sobre las ciudades del futuro

Describir los amores enfermos
que nuestros nietos tendrán entre sí
y crear de la nada,
o más bien
de la tinta azul del boligrafo
una nueva criatura que lo lame todo,
que se comunica sólo de lengua
y que tiene forma de papila gustativa.

Llenar de poros la hoja de papel
sacar de ella los hilos que la conectan
con el árbol que fue, pero también
con el árbol de neón
que si le decimos que sea,
Será

Darle de nuevo carne al verbo
a nuestro verbo
para verlo deslizarse en cholas
por caminos empantanados de baba
que dejó aquella papila gustativa andante
a la que bautizamos como Pedro
y le sirve de mascota al Verbo
y en las tardes de calor
la usa de esponja para remojar
el sudor dulce y no salado
de sus escamas.


El Verbo poliforme y su mascota Pedro
rellenan con su Estela un agujero negro
de quien los sabe ver

El Verbo que sabe moverse
por el viento de la metafísica
y Pedro que convierte sus especulaciones
en algodones de azúcar
para así saber qué le quiso decir.

De puro deseo de madre
convocan a su Estela
pues siempre que decimos Verbo
que decimos existencia
luz o intención
queremos que tenga abrigo
y que aprenda a enamorarse.

(Pedro que le lame los pechos
y el verbo que le pide que cante.)


Van ahora los tres llenos y llenando
con todos los sentimientos
ese otro universo


Contando sus aventuras pasadas
que aun no han sido
y sus recuerdos del futuro
nublados de olvido
-Buenos días
les escribo por las noches
-Buenas tardes
anoto a la primera hora del día
con mi boligrafo azul
sobre aparentes hojas mudas
hojas en verdad infinitas
que multiplican sus posibilidades
como espejos frente espejos
y que esperan que escribamos
con los hilos de las palabras
los bordes que diferencian la baba de la chola
el viento de las flores
para delimitar
y darle todas las formas
a la condensada espesura
al alma de Dios

-(VIII) Ana Lucía de Bastos

Invitado: Fedosy Santaella


MM: ¿En qué momento de tu vida sentiste por primera vez la necesidad, el hobbie, el cosquilleo, la pasión, el sentimiento, la obligación de contar historias y con cuál de estas emociones estuvo más ligada?

FS: El virus de la escritura comienza con la lectura. Afortunadamente, a mi padre le gustaban los libros y tenía una biblioteca muy decente. Recuerdo que lo veía leyendo los fines de semana en un sofá. Me parecía que se encontraba tan a gusto que a mí también me dieron ganas de leer. Busqué en su biblioteca y encontré La Odisea. Leí algo de aquella maravilla, no todo claro, pero lo suficiente como para que el virus de la escritura se me contagiara. Torpe, inocente, empecé a escribir mis propias historias de dioses y hombres en una agenda ejecutiva que ya no tengo y que hoy serviría para reírme un rato. Luego, en el viejo Drugstore de Chacaíto, compré un librito que terminó de rematarme, o de contagiarme: Escena de un spaghetti western de Armando Sequera. Desde entonces, quedé enfermo de escritura. Espero que ese mal sea incurable.

MM: ¿Qué escritor te acompañó en las horas de lectura en tu infancia?

FS: Recuerdo a Homero, a Walter Scott, a Julio Verne, a Armando Sequera. Un poco más allá, a Herman Hesse, a Cervantes, a Otrova Gomas, a Irving Wallace y al gran Stephen King. Ellos son los culpables.

MM: Ahora, con la publicación de Historias que espantan el sueño, ¿cómo rememoras esa edad tan temprana y frágil?

FS: La recuerdo tal cual la portada del libro, pero con un poco más de oscuridad. Es agradable el miedo literario; paradójicamente, te hace sentir seguro, encerrado en un mundo paralelo y exclusivo.

MM: Mencióname algunas diferencias en el momento de concebir literatura para niños, tu obra de ficción que poco a poco va sumando libros y libros, y tu literatura bloguera?

FS: Uf. Bueno, hay quien dice que duermo con piyamas de Spiderman, así que no debe haber mucha diferencia. Sí te digo, en cambio, que la literatura que llaman “infantil” es igual literatura, de la verdadera. No le crean a las viejitas que escriben cuentitos con diminutivos y todos rimados; eso no sirve para nada. También creo que algunos lectores muy sesudos deberían leer más literatura infantil a ver si se calman un poco.
En cuanto a la literatura de bitácora electrónica, te puedo decir que en el blog uno pone sus ejercicios, esas historias que se te ocurren de pronto y te lanzas a escribirlas sin pensar mucho. A veces se quedan allí y listo, no transcienden; otras, las sigues trabajando en tu carpeta personal, que no está conectada al blog, sino guardada en alguna parte de tu computadora. En el blog pones tus divertimientos, a veces cosas más serias. En fin, uno “postea” lo que le gusta. No hay reglas y puedes ser más libre, experimental.

MM: En tu post de Caja Virtual del pasado 28 de mayo de 2007, haces mención a lo frágil y, por ende, manipulable que puede ser la verdad, ¿eres de los que piensa que la Historia es una gran mentira y que se puede hallar mayor verdad en los libros?

FS: Creo que las personas debemos recopilar información, educarnos, aprender a leer y a pensar. La ignorancia y la esclavitud se parecen mucho. Más de un manganzón te quiere manipular para que no leas el mensaje en la puerta que reza: “Te regalamos un viaje a la luna”. Esos manganzones son los que te dicen que no pases, que ese cartel te advierte que si entras te van a caer a batazos. Ahora, como te digo, hay que saber “leer”. Sé de más de uno a quien los libros les han hecho daño, y no estoy hablando del Quijote. En fin, los libros son una cosa hermosa, pero también pueden convertirte en Golum si no tienes cuidado.

MM: Este 10 de abril en El Buscón, El Apéndice de Pablo le declarará la guerra a la ignorancia y emprenderá una cruzada, difícil mas no imposible, para convertir a Caracas en una ciudad cultural. Puede llevarnos años esa batalla, estamos claros en eso y solicitamos tu ayuda. Respóndenos, por favor, ¿cómo sería una Máquina que hace Ping que luchara a capa y espada contra el mal?

FS: Esa máquina se transformaría en la carne y el hueso del duque de Rocanegras de mi novela, quien agarraría por el cuello el “campesinismo cosmopolita” (también podría ser “campe-cinismo”) de algunos venezolanos y, luego de jamaquearlo, lo picaría en pedacitos. No hay nada peor que un esnob, pero resulta que muchos de ellos son los generales del tinglado de la ignorancia. ¡Así que suerte, muchachos!

MM: Ahora, para lo último, las eternas preguntas: ¿Para qué se escribe?

FS: Afuera es muy feo y aburrido.

MM: ¿Cuánto tiempo puedes vivir sin escribir?

FS: Cuando me voy de vacaciones, no escribo, y eso es lo mejor que te puede pasar, porque entonces ahí, echado bajo la sombrilla, con una cocada en la mano, comienzan a surgir historias, tus próximas historias. Si eso no es escribir, pues bien, puedo pasar algún tiempo sin escribir. Lo que sí no puedo es pasar mucho rato sin que mi cabeza se invente una historia. Claro, cuando pasa un hilo dental, hasta al ombligo de uno se le olvida la literatura.

MM: ¿En qué momento del día se te ocurren más ideas para tu obra de ficción?

FS: Buenas son las conversaciones o almuerzo con los amigos; también ocurren en las noches, en plena lectura; cuando me baño, cuando manejo a solas; cuando estoy de vacaciones; cuando me encuentro a una persona indeseable… Las mañanas son mejores, eso sí.

MM: ¿Cuál es tu novela imposible (de leer y escribir)?

FS: La novela imposible de escribir: una donde los verbos anden con bastones.

La novela imposible de leer: cualquier libro que esté escrito para que lo lean los exquisitos hacedores de opinión cultural, los críticos que se quedaron en los ochenta y uno que otro doctor en Letras.


Las Piyamas de Sinseso


Sinseso tiene un blog y lee blogs. Y cuando uno tiene blogs, se expone a muchas cosas. Un día, por ejemplo, alguien comentó en algún blog ajeno que Sinseso dormía en piyamas de Spiderman. El autor era anónimo, y se entiende, porque una cosa así sólo la puede -y la debe- ventilar un anónimo. Hace poco, Sinseso volvió a leer el mismo comentario por allí, y después otro más. Yo que también los he leído, le hice el comentario a los comentarios, y él me respondió:
-Te voy a contar cómo ese anónimo sabe que duermo en piyamas de Spiderman, cosa que no tiene nada de malo, pero te quiero contar cómo ese anónimo lo sabe.
Yo me arrellané en mi sillón, encendí la pipa, me metí un dedo en la nariz y me dispuse a escuchar. Sinseso me contó lo siguiente:
-Pues bien, resulta que hace un par de años yo me encontraba viajando por el mundo haciendo documentales. Anduve por China y conocí a un par de chinos llamados los hermanos Chang que son peligrosísimos. También estuve en Suiza, y allá no me pasó nada en particular, porque en Suiza nunca pasa nada en particular ni en colectivo. En Guatemala, en una isla del lago Atitlán, conocí a los sacerdotes del Maximón, unos borrachitos brujos que beben todo el día en torno a un muñeco hecho de trapos que representa al dios Maximón, que es al mismo tiempo el conquistador Hernán Cortés. En uno de esos viajes, aterricé en Caracas. En esa cuidad debía parar con el fin de dejarle a mis empleadores los casetes betacam que contenían las imágenes y las entrevistas realizadas en tales viajes. Al salir de la oficina de estos señores, recordé que yo vivía en allí, en Caracas. Por no dejar, me fui a dar una vuelta por mi casa. Me conseguí con que mi perro y mi gato estaban enojadísimos porque no les había dejado las llaves del carro. Los muy desgraciados estaban decididos a no dejarme entrar a menos que les diera las llaves, pero yo no podía dárselas, pues me las había robado un pingüino malandro en la Antártica. Ofuscado, llamé a la policía, pero la policía (una mujer, se entiende) me dijo que quién me manda a no dejar que mis mascotas manejaran mi carro; también me amenazó con meterme preso por trato cruel a los animales, y colgó. También llamé a mi mamá, le pedí la bendición y le dije que la quería mucho, pero en verdad que esto no me servía de nada para resolver el problema. Así que llamé a unos amigos y los inventé a tomar en la puerta de la casa. Esto tampoco resolvía nada, pero beber con amigos permite que uno se distraiga mientras el tiempo pasa. Al final de una excelente partida de dominó sobre el piso del pasillo, decidí irme a dormir a un motel; sobre todo porque mi perro y mi gato hacían unos ruidos fenomenales que nos desconcentraban en el juego y no dejaban dormir a los vecinos, ganándonos en ese propósito con supremo arte. Derrotados ante los bramidos del gato y los rebuznos del perro, decidimos irnos de allí. Los vecinos, aunque muertos de sueño, nos abucheaban en las ventanas y los balcones. Los de condominio me decían que yo era tan mediocre que ni siquiera era bueno haciendo ruidos molestos, que los graznidos de mi perro y los relinchos de mi gato eran mil veces mejores. Nos fuimos pintando palomas y lanzando peos líquidos. Mis amigos, que son mis verdaderos amigos y por eso no me llevan a dormir a sus casas para no hacerme pasar pena delante de sus esposas, me dejaron tirado en alguna esquina de El Rosal, zona de la ciudad que se caracteriza por su abundancia en moteles. Yo di algunas vueltas por allí, buscando en los basureros alguna morocota perdida -deporte que por cierto me dio grandes frutos cuando era pequeño. Con un par de ellas en el bolsillo, me fui hasta una casa de cambio que estaba de turno a esa hora de la madrugada y cambié el oro por un par de billetes y una pijama de Spiderman (yo había pedido de Batman, pero en la casas de cambio sólo venden piyamas de Spiderman). Así que me fui al motel a dormir. Estaba de lo más cómodo acostado en la cama circular de la suite El Emperador, a punto ya dormirme con el dulce arrullo de unas lesbianas que en el televisor se besaban, cuando sonó la alarma de incendio. Yo corrí al baño, llené un vasito de agua y salí con mi vasito bajo el brazo (por si había que apagar algún incendio de cualquier clase). Afuera, la gente corría desnuda por los pasillos. Tenía razón para hacerlo, porque olía a quemado, y había fuego en todas las cortinas. Para mí fue un alivio saberme en pijama. También fue un motivo de gran contento poder disfrutar de las muchas señoras MILF muy bien operadas que a paso apresurado tamborileaban sus abultadas carnes. Cabe destacar que presencié las combinaciones más extrañas de personas y cuerpos saliendo de los cuartos, todos en una armonía bizarra de la imperfección y la variedad, lo que me hizo pensar que no hay nada mejor para dirimir las diferencias entre las personas que ir a mostrarse desnudos en los pasillos de cualquier motel (ya le pasé la propuesta a la ONU). Te aseguro, hermano, que eso hará que todos se vean igualitos ante los ojos del Señor. Y de este señor también, que por cierto, era el único diferente, porque andaba en piyamas de Spiderman, como ya se sabe. Cuando alcancé las escaleras y noté que todo el mundo se apretujaba por bajar por allí, llamé al ascensor que estaba totalmente desocupado (en eso resultan muy civilizadas y obedientes las personas que van a los moteles, porque con una facilidad pasmosa suelen hacer caso del cartelito que dice “En caso de incendios no use el ascensor”). Apenas las puertas se abrieron, entré. Detrás de mí, y justo antes de que el ascensor se cerrara, entró alguien más. Mientras bajábamos, lo detallé. Se trataba de un hombre del que no puedo recordar más que unas piyamas rosadas en cuyo pecho dos muñequitos se daban un besito tierno. Después supe que esos muñequito se llaman Pucca y Garu. Yo me eché a reír, pero te juro que no me burlaba de aquel hombre. Nada que ver, amigo. Me estaba riendo de la situación: del ascensor, del incendio, de la gente desnuda, de las piyamas rosadas de Pucca y Garu y de la de Spiderman. Me reía de todo, hermano, pero aquel hombre no lo entendió así y creyó que me estaba burlando de él. Se enojó muchísimo, se puso muy rojo, hasta su pijama rosada se puso roja. Como viera que yo no podía parar de reír, el hombre me lanzó un cachetón. Ahí sí me callé para sobarme el cachete (trata de reír y sobarte un cachete al mismo tiempo, es imposible).
>>“¿Cuál es su nombre?”, preguntó encolerizado el hombre de la pijama rosada de Pucca y Garu.
>>“Sinseso Malapata”, respondí yo.
>>El hombre, apretando los puños, dijo entre dientes: “Nunca olvidaré este agravio, lo perseguiré a donde usted vaya y les diré a todos los que le conozcan que usted usa horrendas piyamas de Spiderman”.
>>Yo intenté ser conciliador y le dije: “Pero señor, disculpe, yo…”. Pero el hombre Pucca-Garu no estaba para fraternidades y espetó: “¡Nada, su nombre ha quedado grabado en mi mente para siempre!”. Entonces las puertas del ascensor se abrieron y el hombre salió. Yo me fui tras él, apresurado. Antes de perderlo entre la confusión de la gente que corría, le grité: "Dígame por lo menos cómo se llama, señor!" Deslizándose entre el caos, el caballero de la pijama Puca-Garu me respondió a viva voz: "Yo para usted no tengo nombre, yo para usted soy anónimo"...


>>Y bueno, amigo, desde ese día, yo duermo con piyamas de Spiderman, porque son muy cómodas, las más cómodas que he usado en mi vida, y también, claro está, desde entonces, hay alguien, un anónimo, que me odia y riega por Internet, por los blogs, por todas partes, que yo duermo en piyamas de Spiderman.

-(Invitado) Fedosy Santaella

Fragmentos de la primera infancia.


I. la familia mínima.

Tan parecido a Mick Jagger. Delgadísimo, con los cabellos largos y sus jeans. Acostado de espaldas en la cama, mi papá me sostiene con los brazos estirados. Me lanza hacia el universo para dejarme suspendida durante segundos largos y atajarme en mi irremediable recorrido de vuelta. Salvándome y ofreciéndome a la gravedad una y otra vez. Preparándome para el vacío de su partida. De su ausencia.
Este no es mi primer recuerdo. Es una foto. Una impronta en mi memoria celular.

II. la casa.

El pasillo es largo y oscuro, el piso de cerámicas frías color marrón parece de ladrillos pulidos. Al final está mi cuarto y antes, a la derecha, el de ella. La luz roja tras la puerta de su baño anuncia el juego doméstico a la ere paralizada: sorprendida de un lado o del otro no es posible entrar, mirarse a la cara, tener ninguna emergencia. Hay que quedarse quieta. Esperar como los grandes, sin perder la paciencia, sin miedo. Hasta que surja la imagen.

III. mi primera acción política.

Estoy del lado de afuera, del lado del silencio que más tarde se convirtió en escondite y vicio pero que entonces no encontraba sentido. Llamo a la puerta. Ella no se asoma, no responde. En el balcón hacia Caracas hay una pecera. Subo al mueble, entro cuidadosamente al cubo de cristal y me lavo con agua y jabón. Mis compañeros de baño terminan muertos, flotando, con el abdomen hinchado hacia arriba. Tengo frío. Finalmente ella sale. Y no me castiga.

IV. el ritual de lo habitual.

Todas las mañanas me peina en la sala. Estoy de espaldas a la máscara africana de fibra natural, tal vez de coco, con dientes que parecen humanos y dos ojos pequeños. También estoy de espaldas al picó. Hay un disco, la historia del caballo que comía flores. Su carátula es un dibujo de Zapata. Son dos las trencitas o los ganchitos, uno a cada lado. Desayunamos panquecas o tostadas francesas con mermelada o miel, sentadas en cojines sobre la alfombra de diseños árabes; frente a la mesa baja. Ella también es una niña. Mientras los que pueden van y vienen, nosotras miramos por el balcón del piso 18 ó 19 de ese alto edificio hacia el parque. La rueda, el sube y baja, el piso de piedritas sueltas.

V. sin papelón ni café.

Parece que la alfombra de mi cuarto es color azul. Sentada sobre mi cama practico en el cuatro luna de margarita es, como tu luz, como tu voz, como tu amor, y otras. Una en la que el esposo le pega a la mujer y tiene razón. Allí está mi tía Carmen Teresa asegurando que no, no es posible que un hombre le pegue a una mujer y tenga razón. Yo intento negociar. Ella insiste. La noto molesta. En fin. La canción dice sin tener razón.

VI. Semana Santa.

Viajamos en el Jeep verde a la hacienda de la prima Blanquita. Siento calor, la tapicería plástica se me queda pegada a los muslos. La prima Blanquita tiene la edad de mi abuela y las uñas larguísimas y rojas. En su hacienda descubro la guayaba. Paso horas bajo el árbol. Paso la semana bajo el árbol. Cada vez elijo varias frutas del suelo y corro a la hamaca, mi abuela indica cuál está lista. De regreso, en el asiento de atrás del Jeep, muerdo y sale un gusano. Pego un grito horrorizada. Ella voltea a mirarme. No pasa nada, los gusanitos son de la guayaba.

VII. Marina Baura, censurada.

En la casa de los cabellos de ángel las novelas no están prohibidas. Al mediodía estamos todos alrededor la mesa redonda de fórmica blanca en la cocina. Las cerámicas de flores verdes en la pared, el piso de granito. La despensa con la puerta para gente pequeña. Y Marina Baura gritando, sus ojos en blanco, volteados, a punto de desmayarse o de un ataque de epilepsia. Cada vez que puedo espío las actrices censuradas de mi mamá y pienso que tiene razón, yo no debería verlas. No cabe duda: la actuación de las divas novelísticas era un poco más exagerada en esa época.


VIII. el primer padre.

Mi lugar especial: la juntura conciliada por un largo y exacto trozo de goma espuma densa entre dos camas individuales, siempre juntas, apretadas. Un verdadero lujo. Mi actividad preferida -él lo sabe y me invita-, acompañarlo a afeitarse. Una mañana, luego del ritual con la brocha y la espuma y la peligrosa hojilla, mi abuelo me sube a la balanza y anuncia que peso quince kilitos. Así mismo, quince kilitos.

-(25, 30) Keila Vall De la Ville

Huye de la percepción real y visita Fuga Permanente
el blog de Keila Vall de la Ville

Uno, Inclinación a la luz


Horizonte de destellos que nublan tu cuerpo, ahora.

¿Persigues ese tumbo débil cada mañana?

¿Sigues atenta al silenciado estupor del cuerpo que te simula?

¿Estás allí? ¿Estuviste alguna vez? ¿Vienes a celebrar la quietud que me ahogará de nuevo?

¿Vienes a fijarme entre los destellos del horizonte?

Te detienes a contemplarlo: el horizonte no se habita nunca; como la herida cerrada, siempre latente, absurda, pero encantada y orgullosa de ser parte del cuerpo.

¿Te bastará el milagro de la música huérfana de las ondas?

¿Te bastará el hilo del viento que intentará ocupar las entrañas?


¿Te bastará el amanecido bienestar somnoliento después de una noche de fiebre intensa?

El horizonte se hace vertical cuando te tumbas; me derramo, me desprendo, me suelto de mañana. El abrazo es mi expresión sujetada en figura.

Contigo quedé como recién nacido mirando luna. Franco y trágico percibiendo el vacío de la inmensidad. Allí empecé a acostumbrarme a la nada, luego practiqué el afecto, hasta llegar a la conversión.

¿Sientes ese vacío, ese hueco sólido, cúbico y sonoro que trata de destruirme abriendo leves heridas continuas? ¿Deseas mi dolor? ¿Quieres olerlo, palparlo, estremecerlo y nunca sentirlo?

¿Estarás cuando el horizonte se levante? ¿El aire contenido y espeso entre los dos huirá contigo, como huye el olor a humedad nocturna del jardín no se sabe a dónde?

¿Te nubla la sensación de no saberte en el centro, de ser capaz de contemplar el horizonte sin mí?

Supiste de mí antes. En viejas ráfagas de desprecio, silencio y hastío germinaba esa sustancia oscura y etérea, cada vez más silente, cada vez más secreta, en caída incesante a la existencia.

¿Ya lo sentías? ¿Desde entonces te habitaba, te abrazaba tumbada en el borroso horizonte?

¿Lo comprendías? ¿Desde entonces te anhelaban esos espacios de vacío paciente?

¿Estabas tan sola? ¿O era sólo esa desolación tan familiar, cerrada y cariñosa que quiso quedarse contigo desde siempre? ¿Te atrajo mi nadería?

¿Te basta verlo así ahora? ¿Te basta ordenarlo, articular motivos, arreglos, composiciones sobre la materia? ¿Puede la sustancia informe dejar de serlo alguna vez? ¿Te basta buscar en mi mirada respuestas, palabras vanas y reconfortantes? ¿Te toca ahora la imagen?

¿Qué te decían mis ojos? ¿Qué buscaste en ellos? ¿Qué fue suficiente?

Quedan trozos de una perplejidad dolorosa. La espuma sabía de esfuerzos tan vanos.

El horizonte midió tu calibre, tu valía, tu condición. “Esa no durará, es amante de lo efímero, busca proteger lo que siente” –decía el mismo horizonte, como sabe y puede decir las cosas.

No subiste a la pureza de la idea; no inquietaste más mis dolores. No quería pasar más tardes caraqueñas de tráfico y lluvia con tu energía pesada, sofocante, trémula como la humedad desprendiéndose del pavimento.

No me interesa ya. Me aburro pensándote ahora, al punto que me hago insolente y hasta te escribo el poema pavoso y deshonesto.

No más. Ahora sólo quiero agradecer tu prosaísmo. Devolverme a lo ordinario fue tu don final.

Los destellos nublan tu cuerpo de nuevo.

Las palabras ya no te cubren, no te consiguen. También soy pudoroso si me da la gana; y me gusta negarte, como la ciudad a sus quebradas.

Eres el abrazo confuso; la contradicción instalada; la incomodidad suspendida en el tiempo; el dolor de barriga en un chacaíto crepuscular. El poema asqueado de sí mismo, harto de no reflejarse en palabras. La calle rota que molesta transitar.

¿Quisiste salir, todavía tumbada?

Te pregunto: ¿quisiste alguna vez? Algo. Cualquier cosa. ¿Quisiste?

El horizonte se hace visible. Impera lo cotidiano otra vez.

¿Te bastará esa visión? ¿Podrás recordarme mirando al vacío del horizonte simple y tenue de siempre?

-(Colaborador) Juan Pablo Gómez

Cardiopatías congénitas (Fragmento)


Jueves

Tercera cita con Mariana. Es muy tímida y habla muy bajito. Creo que después de todo yo lo hago igual. Cuadramos vernos en Las Tres G. No había casi gente. Nos tomamos dos cervezas cada uno y luego nos fuimos caminando hasta el Metro. Atravesamos la Plaza Las Tres Gracias y se asustó con los piedreros que viven ahí. Uno, el más viejo de todos, nos pidió una moneda. No tengo monedas, dije yo. Entonces dame un billete, dijo él. Apuramos el paso. Mariana me contó que no le gustaba irse tarde a su casa. Es muy peligroso, dijo. Todavía es temprano, dije yo. Mientras más tarde peor, dijo ella.

Entramos al Metro y me dio mucha risa cuando intentó ver la hora en el reloj del andén pero no lo logró. Necesitas lentes, dije yo. Nos reímos porque nos pareció cómico el asunto, aunque la verdad no tenía nada de cómico. Son las diez y siete, dije yo. Todavía es temprano, remato. Llegó mi tren, dijo ella. Chao, agregó. Estamos hablando, repicó. Y se fue.

La primera vez que nos vimos fue el lunes. Ella salía de su trabajo y disponía de una hora libre antes de entrar a clase. Fue incómodo. Nos caímos a preguntas y a respuestas en un cafetín medio revoltoso. Interrumpíamos la conversación para sorber de nuestras bebidas. Esos silencios tan incómodos a la larga se olvidan. O eso dice un amigo. Yo no creo que se olviden. Se olvidan otras cosas. Es como el principio de algo. Uno podría ver brotar las primeras ramitas de un germinador y sería casi lo mismo.

Supongo que por los nervios, ese día comencé a hablarle de los corazones deformes y del libro que estaba corrigiendo. Cardiopatías congénitas de un tal Guillermo Anselmi. Le hablé de las fotos de corazones deformes y maltrechos y del asco y las náuseas que me producían. En algún momento comparé a los corazones con pedazos de bofe guisado. Pero como no me entendió muy bien lo que trataba de explicarle. Creo que hasta le pareció de mal gusto.

Después de verla partir, se me quitaron las ganas de irme a casa. Salí de la estación. Di vueltas por la zona y aterricé en una tasquita llamada La Sem. No sé si buena o mala sorpresa pero sorpresa al fin, pues en una mesa hacia una esquina estaban Isa y Willy. Isa me vio y pegó un grito. Como si no hubiera sido suficiente, me hizo señas con los brazos extendidos. Isa gritó:
–Siéntate con nosotros, vale. No te hagas el duro.

Apenas me senté, comenzaron a reírse. Willy le dijo algo al oído y ella aumentó los decibeles de su carcajada. Pedí una chinotto. Ellos pidieron dos cervezas más. Brindamos.

–Con la izquierda para que se repita –dijo Isa.

Willy volvió a decirle algo a Isa en el oído. Me sentí muy incómodo y ya me estaba arrepintiendo de no haberme ido a encerrarme en mi casa.

–Escucha esto –me dice Willy. Su aliento estaba alcoholizado. Un vaho tibio con olor a cloaca me rozó la cara.

Isa relató lo siguiente:
–Hoy fui a almorzar con el jefe, y adivina qué. Me contó que su esposa le pidió el divorcio. Está hecho papelillo el pobre. Buena vaina con la que le salió la mujer. Después de veinte años casados. Imagínate tú, ¿ah? Yo no supe cómo reaccionar cuando se puso a contarme aquello. ¿Quién me manda a aceptarle la invitación? A mí ni la paella me gusta. Con todos esos bichos horribles con patas, antenas y tentáculos. En fin, el jefe me suelta lo de su esposa y yo no tengo idea de cómo seguirle la conversación. Así que me quedo calladita y pongo cara de que lo voy a escuchar con atención a ver qué sigue. Que se desahogue, ¿no? Si es eso lo que quiere, pues bien. Más vale que no. El jefe deja los cubiertos en la mesa y se lleva las manos a la cara. Al cabo de unos segundos entiendo que se está tapando la cara para que no lo vea llorar. Yo le pregunto que si quiere un vaso de agua y él dice que no, pero igualito le pido uno, por no dejar. Porque uno piensa que en esos casos un vaso de agua es algo útil. Bueno, entonces le pregunto que por qué su esposa se quiere divorciar de él, así tan de un día para otro. Y entonces aquí viene lo mejor. Algo que ni me imaginaba me iba a decir. Fíjate. Parece que el jefe es un tipo más bien romántico y normalito. Le gusta conversar, salir al teatro, al cine, a dar un paseo, a cenar; y luego, si la ocasión da para eso, hacerle el amor tiernamente a su esposa. Es un hombre de su casa, tú sabes, un tipo familiar. Bueno, pero lo que es romántico para él, para su esposa es aburrido y achantado. Supuestamente la tipa, desde hace dos años para acá, lo que quiere es tener sexo salvaje. Hacerlo en lugares públicos, en posiciones raras. Con cremas y aceites y con juguetes y cosas así. Hasta una vez le propuso contratar una prostituta entre los dos para hacer un numerito en un hotel. Y el jefe, como no se anotó en nada de lo que a su esposa se le ocurría, no pudo satisfacerla más y ahora la tipa quiere dejarlo. ¿Qué tal?


Willy comenzó a reírse. Emitía una carcajada de bucanero borracho. Isa también se rió. Yo más bien me quedé pensando en el jefe y en su situación. Lo imaginé explicándole a su mujer las razones por las cuales no quería practicarle sexo oral en un ascensor de la Torre Empresarial del Este, o por qué no le emocionba amordazarla y amarrarla en la cama, o por qué no le parecía buena idea untarse el miembro con una crema para entumecerlo y luego penetrarla por el ano. Imaginé a la esposa, fría y decepcionada, hecha una déspota, negándole al hombre con quien ha compartido veinte años de su vida, el derecho de hacerle el amor tiernamente. Más que risa, lo que me dio fue lástima.

Escapé y fui al baño. Oriné. Me lavé las manos y mientras lo hacía me miré al espejo. Sentí rabia. Me acordé de Cardiopatías congénitas y de que me quedaba sólo un día para terminar de corregirlo. Formé un cúmulo de saliva en mi boca. Lo balanceé en mi lengua y lo escupí con furia sobre el rostro de mi reflejo. Le atiné justo en el medio de los ojos. El gargajo se estiró y se chorreó espesamente. Me recorrió la nariz, la boca, el cuello, el pecho.

Cuando volví al campo de batalla, Willy estaba pagando la cuenta. Me sentí aliviado.

Isa y Willy se fueron en taxi. Yo decidí caminar hasta la estación del Metro, aunque sabía que había cerrado hace una hora. Cuando estaba cruzando el puente pensé en Sleepy Hollow de Washington Irving. Me sentí como Ichabod Crane, justo cuando va a atravesar el puente maldito después del anochecer. A mí, en vez de un jinete sin cabeza, me salió un malandro sucio que me dijo varón. Me ofreció un apretón de manos el cual esquivé. Me dijo que lo salvara. La frase me pareció irónica. Salvarlo yo a él. Le respondí que tenía el pasaje contadito. No me compró la historia y me mostró una pistola automática enfundada en la cintura del pantalón. Prometió “volarme el coco” si me ponía Popy. Insistí en que no tenía dinero. Me advirtió que no me alzara, que ya estaba oliendo a muerto. Te tiro al Guaire y no ha pasado nada, agregó. Le dije que me iba a tener que pegar los benditos tiros esos, porque estaba limpio. Caí en cuenta de que estaba cometiendo una soberana locura y ya me veía con un disparo en la cabeza por bocón. Seguí caminando y traté de zafarme del malandro, que se quedó atrás algo confundido. Me vio alejarme y aseguró cobrarse luego lo que le debía.


Agarré un taxi. El conductor tenía puesto un disco de Roberto Carlos. La letra de “Amada amante” me tranquilizó. Me sentía un tipo temerario. Concluí que el malandro estaba más asustado que yo, y que para ser francos, yo no sentí miedo en ningún momento.

-(1984) Miguel Hidalgo Prince

Anda insistente el segundo


Reloj que avanza entre horas discordes, desconocidas
Como vecinas que aparentemente no tienen historias comunes
Que se reúnen en el mercado y dan cuenta del engaño de los maridos
Y se asombran por la casualidad
-Definitivamente, todo cuadra –responde la última en hablar, mientras paga.

Entre hora y hora –que también se les parecen–
Nada pueden hacer y esperan cada una por su lado
Saben lo que viene a la hora siguiente
Esto es
Que ya no son mujeres de sus hombres
Porque ellos no son ya sus hombres
Y que el error es humano aunque los cuatro lo ignoren, de ahí en adelante.
Y porque quieren saberse humanos, es que lo ignoran desde siempre.
Ninguna le dice a la otra lo que le ha pasado
Como el intervalo de una a dos de la tarde


Las mujeres advierten que la hora siguiente será de noticias
Que la hora siguiente dejará de parecerse a la hora anterior,
Los hombres se atreven, por su parte,
a decidir que renunciar será incómodo
Por todo lo que conlleva
Todo aquello que hay que hacer para volver a la hora cero
Se trata de sobrevivir, y de sobrevivir bien, si es que se puede.
¿Y se puede?

Mientras tanto, una pierna prefiere seguir cavando la roca
La espalda ha renunciado a cargarla a cuestas.
Espera que algo pase, que sorba el esfuerzo
Y lo vuelque en una especie de testimonio robado
No de las propias manos, mucho menos del caminar
Si no de la idea


No respondes a la pregunta. Hay que pensar que se está mal para mirar lo bueno,
que el reloj puede caminar sin parecerse a lo humano,
y si por casualidad se le parece que sea solo cada hora que el hombre pueda sostener.
Afortunadamente son pocas horas, y es increíble.
Medir, descubrir, avisar, hacer todo lo que parece bueno, y a veces no es.
Por eso no ser tan ambicioso. Tan inhumano.

Porque si nos quedamos cortos a las noticias
Sin saber quienes somos,
no dejaríamos de ser andanza o asalto.
Es porque no sabemos hacer, y queremos ser perdonados
Entonces será de repente
Creer sobre todo en la ignorancia como si fuera una forma de sobrevivir
Y eso puede ser llamado “sobrevivir bien”
Cuando sabes siempre te mueres un poco
No sobrevives ni bien ni mal
Sin nuestros relojes midiendo un tiempo incontable.
Del que solo damos cuenta quedando para siempre detenidos


Voy pensando las frases que pensadas ya no dicen
Mientras otra de tus piernas me detiene bajo ella
me parece que tienes varias
que me pisan y me devuelven al estado de polvo
donde no hay expectativa porque apenas soy visible
y la expectativa se convierte en pasaporte a lo eterno
y cuando me lo dicen,
cuando me lo dicen,
creo que lo que no puedo ver

II
Cada vez que segundo por segundo
No lo logro decir, describir, decidir
El pecho sigue respirando sin tiempos
Un motor que impulsa el retroceder
Donde no se puede sobrevivir bien al presente
Ni saber si hay manera de sobrevivir “bien”
Mi pecho ya no lo espera
Consigue gritar lo inaudible
Pero como nada lo escucha
Nada ha dicho
Las piernas y los pechos en desacuerdo
No ven el presente
Aunque caminen en conjunto, y solamente por esto:
Mientras pisas
Yo recuerdo.


No es fácil habitar el presente
Moverse en cuatro puntos cardinales
Contar como testigos hasta veinticuatro
En los primeras seis llamadas
Un centro desconocido dispara hacia norte, sur , este u oeste
De siete a doce, caminamos hacia el frente con la mirada puesta en Este,
Este, esta, aquel, aquello
Tenemos doce signos para tomar
La indecisión como respuesta,
Oeste
El camino cierto que acompañará cualquier decisión
Pero si no era el camino, era otro
Cosa de estar en ese punto y cada quien a su vida.

-(80) Annabel Petit

Hijos de Navarro


Tengo seis hijos.

Dos hembras y cuatro varones.

El primero es gordo. Se está quedando calvo. Ha incursionado en tres cuerpos policiales capitalinos, de los cuales ha sido expulsado de los tres por mala conducta. Tuvo fama de seductor hasta los dieciocho años. Desde los diecinueve a la actualidad, su fama ha sido de sádico. Ha piropeado a la población femenina por una década usando las variantes más obscenas del halago. A los veinte, le dio la bienvenida a la madurez afeitándose las piernas, las axilas, la espalda. Quería ser nadador. Su infancia asmática lo mantuvo alejado de los deportes. Lamentablemente, su fiebre por las piscinas duraría tres meses, para darle paso a su obsesión por las motocicletas y las insoportables melodías del rock. En una semana, la ropa de su closet fue purgada. Nada más sobrevivieron los blue jeans con desgarros en las rodillas y candidatos a donaciones a centros de acopio, además de las tres o cuatros franelas negras que tenía. Su cabello, después de la afeitada, no volvió a crecer con la frondosidad de antes. Cuando llamaban a casa, en lugar de preguntar por mi primer hijo, preguntaban por el calvo. Si atendía mi mujer, les contestaba que en esta casa no vivía ningún calvo. Al escucharla responder así en una cena familiar, entendimos lo que significa amor de madre. Luego del vendaval que supuso su período de roquero, hoy queda como vestigio, su motocicleta que atenta contra la contaminación sonora cada vez que es encendida en las mañanas. De vez en cuando lo veo llegar en las madrugadas, estaciona su moto, en la entrada de la letra. Desplaza su Honda por la vereda de Bloque 4 como por un carril. Los vecinos se han quejado de su osadía. E, inclusive, le han reclamado en persona. A lo cual él, mi primer hijo, les dedica una mirada que sólo pudo haber sido curtida en los calabozos de los cuerpos policiales a los que ha pertenecido. Toda la rabia y la frustración encajonada en su iris, calibrada por la ligera disposición de las pestañas y las nacientes patas de gallo. Mi hijo el mayor, ayer, en la cena, nos llegó con una agradable noticia. Consiguió trabajo en un canal de televisión. Hará de policía en las próximas telenovelas del canal. El contrato lo firmó ayer. Las “producciones dramáticas”, como él mismo les dice, llevan por título: Lluvia de amor, Francisca de las nubes, Flor, venganza y deseo; Mañana en el atraco piensa en mí, entre otras. En todos los dramáticos interpretará al mismo personaje. Un luchador contra el crimen. Lo que le negaron en las corrompidas policías caraqueñas gracias a la conchupancia y las roscas, se lo ofrecen con todo el mérito del mundo en la televisión venezolana, donde luchará contra el crimen durante muchos episodios.


La segunda de mis hijas es alta. Pudo haberse dedicado al volleyball, o al baloncesto. El Madariaga siempre estuvo cerca como para que mi segunda hija desarrollara sus cualidades físicas en beneficio de algún deporte. Sinceramente, no sé mucho de ella. Sé que es Libra. Le gusta ir al teatro los viernes con dos amigas. No bebe. No fuma. Su clave bancaria es la fecha de su nacimiento. Lo de ella siempre fueron las enciclopedias. Desde pequeña mostró su interés por los adelantos científicos, por la Historia, por los egipcios, por la biología. Todas estas ansias de conocimiento decantaron en mi segunda hija toda la inseguridad que le correspondía al resto de sus hermanos. Nunca ha terminado ninguna carrera universitaria en la UCV. Y lleva un registro de ocho carreras cursadas hasta entonces. Algo siempre ocurre en sus “Quinto Semestre” que la hace desertar en pleno ecuador de la carrera. Sus calificaciones, según por lo que he sabido, no han sido, de ningún modo, reprochables. Ahora va por Psicología. Antes fueron: Antropología, Biología, Ciencias, Derecho, Educación, Farmacia, Idiomas Modernos, Letras. En ese orden, un orden alfabético. No sé si lo ha planeado. Su caso debe ser único en la UCV.


La tercera de mis hijas es pianista. Si repaso lo que ha sido su biografía hasta ahora, su presente actual era impredecible. Nunca fue muy agraciada. Cuando era apenas una niña de diez, su pelo era desenredable, por lo que peinarla se convertía en una tortura capilar. Sus rodillas tenían una predilección exagerada por la tierra. Siempre estaban sumergidas en aquel universo marrón claro que ofrecía el terreno entre arquería y arquería. Por un tiempo pensé que su madre le había metido en la cabeza a mi pobre niña algunas variantes de promesas al Nazareno. Sus modales en la mesa nunca fueron los más adecuados. Sentarla a ella y al señor Carreño en una cena, podía provocarle un infarto a este último o a reunir todos los esfuerzos para la acreditación inmediata de su Manual como normas legales con cargos por incumplimiento. Con esas actitudes desde niña, poco a poco se fue ganando el apelativo de La tierrúa. Ella, ante peyorativa definición, respondía con: Los voy a agarrar a coñazo y piedra. En sus bolsillos, antes de mencionar la doble amenaza, siempre habían peñones listos para ser arrojados y raspar carne. En este punto de la historia, comenzó la mala fama de nuestros hijos. Mi esposa, que es psicóloga infantil, siempre respondía a las quejas: A los niños hay que dejarlos hacer lo que ellos quieran. Pasaron los años y mi tercera hija creció. Su aspecto, quizá, mejoró un tanto. Su rostro seguía siendo pálido y un trenzado, desde la raíz a las puntas de su cabello, disimulaba su intangibilidad perpetua. Al menos después de los veinte, su maquillaje de polvo y tierra fue sustituido por coloretes. Mi tercera hija tuvo un hijo. Una aventura de ésas. El padre se fugó. Un cobarde. Ella, por su parte, se fue a vivir con un tío en Valencia. Allá conoció a un profesor de música, italiano, un poco mayor para ella, y con una fortuna ahorrada durante años sólo para él y eventualmente para ella. Le enseñó piano a mi tercera hija, y ésta, al año, enseñaba las notas del teclado a niños con Síndrome de Down. Hace poco, descubrió a su marido italiano impartiéndole clases a una jovencita con la cual usaba las mismas técnicas que con mi hija la tercera: El italiano tocaba las caderas de la joven con la misma soltura de cómo lo hacía con el piano. Mi tercera hija, destrozó el Ronisch con piedra y coñazo. Ya está tramitando el divorcio. Regresa la semana que viene.


Mi cuarto hijo es un artista agazapado. Lo he visto con el rabillo del ojo pintar en su cuarto. A él no le gusta hablar mucho del asunto. Su mirada ha sido aniñada desde niño. Nunca se metió en problemas, a excepción de aquella vez que, jugando al escondite, hizo la proeza de subirse a unos de los árboles del terreno. El único en descubrir su guarida, precisamente fui yo. Me asomé a eso de las seis y media, justo cuando empezaba a oscurecer, y vi algo que se movía entre los árboles. Le grité: ¿Cuarto hijo, qué coño haces allí encaramado? Esto pareció asustarlo y estropear su concentración y equilibrio. Mi sexto hijo nos dijo que estaban jugando al escondite en la tarde, pero que a las cuatro y media habían terminado y que a mi cuarto hijo desistieron de buscarlo, pues ya se había terminado todo. Estuvo inconsciente un buen rato. Fue un susto que no se lo deseo a nadie. El brazo derecho fracturado. Y tres costillas rotas. Muchas personas, por menos, hubieran perdido la vida. Mi hijo en tres meses ya era zurdo. A los seis meses, cantaba en el coro de la Santo Domingo Savio. Su voz era la de un ángel. Cuando lo escuché cantar el Ave María por primera vez, empecé a investigar sobre la reencarnación.


Mi quinto hijo nació con un diccionario de groserías debajo de la lengua. Fue, sin duda, uno de los primeros niños de los que se tenga noticia que le contestaba a los adultos. Era algo que no podíamos controlar. Mi mujer, siempre sumisa en la educación de nuestros hijos, nunca se atrevió a darle una reprimenda justificable. En un principio, una palabra abominable salida de la boca de mi quinto hijo, era motivo de risas y celebraciones. Cosas de muchachos, decía mi esposa. Con el tiempo, la situación fue empeorando. Mañana tengo que asistir a la escuela por una citación que me llegó por medio de un compañerito de clases.


Mi sexto hijo es la versión mejorada del quinto. Es el peor de todos, definitivamente, en materia de vocabulario, claro está. Bajo su lengua trajo la segunda edición “actualizada” del diccionario de groserías del quinto. Sus mentiras ya nos tienen cansado a todos. Dice que tiene varias empresas. Desde pequeño demostró habilidad por los negocios. Abandonó los estudios de bachillerato y se dedicó a trabajar. Se puso un nombre artístico y todo: Morocco. Desde siempre, Morocco empleó cantidades industriales de gel para el cabello, que nunca le favorecieron para las fotos tipo carnet que pegaba en los curriculum vitae que repartía de oficina en oficina. Los mechones de cabello solidificados le caían sobre los ojos, dándole un aire de tipo peligroso. Solamente una vez lo aceptaron en un trabajo después de ver su desastroso look, y fue gracias a mi recomendación. Era para un puesto de vigilante en el estacionamiento del Hipódromo de la Rinconada. Allí siempre buscaban a monstruos de feria. Sus empresas son: una línea de mototaxis en El Valle que cuenta con una flota de tres Honda y una híbrido a la que conocen como frankyamahäestein, otra empresa de alquiler de celulares ubicada en Los Símbolos, y un puesto en el mercado de El Cementerio. Pronto se mudará para la Letra D. Contraerá concubinato con su actual novia.


Esos fueron mis seis hijos.

-(11) Mario Morenza